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11月22日 Macr y la perfección en eludir y redireccionar sus responsabilidadesInseguridad es que una fuerza policial
nueva quede a cargo de personajes con estas prácticas. Lo que mete
miedo es que el jefe de Gobierno siga sin decir ni una palabra de
objeción hacia Palacios. Que la nueva policía no tenga nada de nueva
porque la armó El Fino y porque se nutrió de federales y bonaerenses de
la vieja guardia. Y que por lo menos veinte de ellos son ex espías. Que
se especialice y gaste fortunas en disolver piquetes. Porque todo eso
no es desafiar los históricos negocios policiales que recorren la
ciudad alrededor de la venta ambulante, la prostitución y el juego.
Inseguridad es la falta de respuestas. Irina Hauser No se explicaPor Irina HauserPrimero Mauricio Macri apeló a la teoría del infiltrado: Ciro James, acusó, era un espía de la Policía Federal en su gobierno. Cuando ya era demasiado evidente que los dos primeros jefes que designó en la naciente Policía Metropolitana, Jorge “Fino” Palacios y Osvaldo Chamorro, estaban comprometidos en escandalosas operaciones de espionaje, cambió el discurso: ahora el problema son la inseguridad, el miedo y las trabas que pone la administración nacional para que la gente pueda recuperar la tranquilidad con la policía porteña en la calle. Palacios y Chamorro, uno preso y el otro investigado, no figuran en la prédica del jefe de Gobierno. Tampoco las escuchas telefónicas ya comprobadas a su cuñado Daniel Leonardo y al dirigente de Familiares de las Víctimas del atentado a la AMIA Sergio Burstein, entre otras tantas. Ni los seguimientos financieros a legisladores de la oposición y a su propio jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta. Hablar mucho, usar términos alarmistas, atacar, ponerse en víctimas. Son todos recursos clásicos para correr una discusión de su verdadero eje. El gobierno nacional colaboró con ese intento de distracción al salir a lo loco a pedir renuncias, comparar el caso con el Watergate e inundar la situación de calificativos, a punto tal que en el macrismo recibieron cada comentario con un festejo. No hacía falta. Al contrario. Todo lo que Macri no explica, todo lo que no dice, tiene suficiente peso propio. - ¿Qué hacía Palacios, mientras todavía conducía la Metropolitana, gestionando –según afirma la Justicia– las escuchas a Burstein, uno de los más fuertes críticos de su designación en la policía porteña? ¿Qué hacía escuchándolo justo cuando era inminente su procesamiento por el encubrimiento del atentado a la AMIA y llovían críticas a su nombramiento? ¿Qué hacía el Fino escuchando el único de los siete teléfonos que Burstein usaba para hablar de esa causa con el fiscal y con otros familiares? - Si Macri quiere “saber la verdad”, como dijo el jueves pasado, ¿por qué nunca quiso recibir a los familiares de las víctimas del atentado y de otras organizaciones de la sociedad civil que querían exponerle sus razones para que Palacios no condujera la nueva policía? ¿Sólo a Palacios le interesaba saber lo que hablaba Burstein? - ¿Qué hacía Chamorro desde una consultora privada de Palacios –mientras ambos conducían la Metropolitana– rastreando información financiera sobre varios legisladores de la oposición y un líder sindical de los municipales? ¿Qué hacía Palacios, mientras trabajaba en la seguridad de Boca, rastreando datos financieros de Sebastián Forza, antes de su asesinato, y de un grupo de droguerías ligadas a la mafia de los medicamentos? ¿Qué hacía en la misma época investigando al director del diario La Nación? - ¿Quién podía tener interés en escuchar a su cuñado Daniel Leonardo? ¿Quién podía tener interés en hacerlo a través del ex policía Ciro James, mano derecha de Palacios? El parapsicólogo, casado con Sandra Macri, desde hace años denuncia amenazas en las que le dicen que lo quieren afuera de la familia y cosas por el estilo. El mismo señaló a su suegro Franco Macri por las escuchas y con menos énfasis a Mauricio. ¿Quién ordenó escuchar a Leonardo? - ¿Qué hacía Ciro James contratado en el Ministerio de Educación porteño? No hay informes suyos, ni dictámenes legales, ni rastros. ¿Qué hacía? ¿Fue una casualidad que firmara ese contrato unos días después de que comenzara la escucha al cuñado de Macri en mayo del año pasado? - ¿Qué hacía James en el Ministerio de Seguridad porteño desde donde hablaba por teléfono permanentemente desde julio, según delataron las antenas de Nextel? Inseguridad es que una fuerza policial nueva quede a cargo de personajes con estas prácticas. Lo que mete miedo es que el jefe de Gobierno siga sin decir ni una palabra de objeción hacia Palacios. Que la nueva policía no tenga nada de nueva porque la armó El Fino y porque se nutrió de federales y bonaerenses de la vieja guardia. Y que por lo menos veinte de ellos son ex espías. Que se especialice y gaste fortunas en disolver piquetes. Porque todo eso no es desafiar los históricos negocios policiales que recorren la ciudad alrededor de la venta ambulante, la prostitución y el juego. Inseguridad es la falta de respuestas. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-135749-2009-11-22.html11月21日 Declaración del Movimiento Campesino de Santiago del Estero sobre el mal llamado “Paro del campo”.
Declaración del Movimiento Campesino de Santiago del Estero sobre el mal llamado “Paro del campo”.
Publicado por Emilio en 11:54 0 comentarios Etiquetas: Cargill, Censo agropecuario 2002, Clarín rural, Dreyfus, F A A, fauba, grupo Perriaux, Henry Kissinger, Héctor Huergo, Lousteau, MOCASE, Monsanto, Quimilí, soja RR, SRA, Urquía jueves 19 de marzo de 2009La bancada de la Patria Sojera sin quórum en el órgano de la democracia.
Publicado por Emilio en 21:49 2 comentarios Etiquetas: Mesa de Enlace, Oposición, Patria Sojera 11月16日 El reflejo de una parte de la sociedad que no termina de aprender nunca.La fiebreFuente Pagina 12Por Eduardo Aliverti En orden azaroso: entre los faranduleros más famosos que semejan haberse puesto de acuerdo para exigir represión; los referentes del Gobierno que aluden a un plan desestabilizador sin aporte de pruebas; los opositores que parecen aportárselas; la ausencia de gestos oficiales claros sobre el mapa sindical, conmovido como hace rato no se veía; las incansables victimizaciones de los grandes medios, que hasta llegan a hablar de un clima inquisitorial contra la prensa; y los nervios urbanos donde se fija la agenda mediática, se conformó una temperatura institucional muy cargada. ¿Cuánto de todo esto preocupa realmente a la mayoría de la población, y cuánto inquieta tan sólo a las capas dirigentes? Salvo por los problemas de tránsito vehicular en Buenos Aires, puede pensarse que es lo segundo. O el firmante, al menos, no imagina ni por asomo que sea una turbación social el estado de desbarajuste generalizado que propagandiza Clarín, del que dice ser un atormentado en particular; no le entra en la cabeza que las mesas familiares se detengan un segundo en las estocadas de Duhalde, ni en las de Carrió, ni en la interna del PJ ni en los ataques o contraataques del kirchnerismo; no puede concebir que la problemática de los trabajadores del subte, o el debate acerca de las personerías gremiales, involucre en su expectativa al grueso de la sociedad. Es más: ni siquiera está seguro de que haya mucha más profundización que un “¿viste lo que dijo Susana?”, en torno del impacto que siempre producen las afirmaciones “extra” ordinarias de una reputada, para el caso. Pero sea como fuere, lo concreto es que, antes como significativos que por representativos, es ahí, entre los dirigentes, los expuestos, los famosos en ciertas circunstancias, los medios de comunicación casi siempre, los luchadores por los motivos que fuesen, donde se cuece la política. Donde se juega cómo se construye. Y más luego, en las urnas, sale el cociente de aquello a lo que los “espectadores” asistieron. El aspecto políticamente más profundo es la conflictividad gremial. Ni el Gobierno, ni los gordos de la CGT y alrededores, parecen haber tomado prolija nota de que el derrumbe del sistema de representación sindical es irreversible. Un 40 por ciento de trabajadores en negro y un 30 por ciento de pobreza deberían haber bastado para entender que allí se conformaba una olla a presión. En una precisa reflexión publicada en Clarín el miércoles pasado, Horacio Meguira, director jurídico de la CTA, convocó a no olvidar que gran parte de los trabajadores jóvenes incorporados al mercado, tras el estallido de 2001, ya no tienen como referencia la estructura tradicional que fue hegemónica hasta los años ‘70. En más del 85 por ciento de las empresas no hay delegados de personal ni comisiones internas. “Esta orfandad organizativa se va supliendo, paulatinamente, con más organización plural y participativa de los mismos trabajadores”, recuerda Meguira. El Gobierno no puede ignorar esa realidad, y seguir atado a la única apuesta de que Moyano le garantiza in eternum la “paz social” suena entre arrojado y suicida. Kraft y subterráneos le estamparon el problema en las narices porteñas y de la Panamericana. Si es por eso, son unos miles de trabajadores que no (le) reflejan un drama nacional ni mucho menos; y por eso, muchos se preguntan cuánto costaba haber negociado en vez de llegar a puntos casi sin retorno. Pero el arreglo de episodios particulares no resuelve la atadura que aprisiona a los K en términos de cómo afectan esos gestos su relación con la CGT. He ahí, presidiendo, la gambeta permanente que le hacen a la CTA con el otorgamiento de su personería. Y también por ahí se coló la animalada del dos cegetista, Juan Belén, quien arremetió con su fraseología macartista para recordar que a ellos no se los toca. No fue un exabrupto: amenazados, demuestran que son los mismos animales de derecha de toda la vida aunque también en esto hay salvedades, porque Moyano tuvo un papel digno durante el desquicio del menemato. ¿Qué hacer? A un lado atosiga el aparato cegetista, con bestias directas como Belén salidas del fondo de los tiempos. Todavía parecen en condiciones de contener la conflictividad gremial (no la social), pero a costa de que su adhesión al Gobierno le siga costando a éste la fuga de la clase media. Del otro están los sectores naturalmente más afines al discurso progre del kirchnerismo, ubicados hacia centroizquierda, que quedan descolocados. Y encima hay un lado más, constituido por fuerzas de alta movilidad confrontativa y “perturbadora”; y con reclamos cuya justeza es tan digna de encomio, en muchos casos, como la precisión de que pueden terminar siendo funcionales a los intereses de la derecha. Cuando una cancha está así de embarrada, siempre se sugiere que, en primer lugar, haya las decisiones parciales para ir zafando del atolladero. En ese sentido, el pedido presidencial de cancelar la manifestación Moyano/D’Elía puso paños fríos que fueron unánimemente elogiados. Pero si se pierde de vista que eso es sólo táctico, no se hace otra cosa que ganar tiempo. Hasta ahora, y aun a costa de derrapes electorales y choques con sectores de enorme poder, de los que salió malherido, el Gobierno mostró determinación para no correr hacia derecha en grandes líneas de acción. Y es en eso donde la prospectiva sindical lo pone ante un nuevo desafío. No hay abracadabra, desde ya, pero, en la relación costo-beneficio, continuar amarrado a la cada vez más decadente influencia del unicato cegetista parece ser mucho más riesgoso que ir articulando con las nuevas expresiones gremiales y sociales. Siempre que hablemos, claro, de que hay proyecto de largo plazo –o intenciones en esa dirección– y no de encontrar meros (y eventuales) salvavidas para dejar el Gobierno sin convulsiones terminales. Ignorar el peso de la CGT sería una irresponsabilidad en el ejercicio del poder real. Y cortejarla sin más ni más, también. La derecha no tiene nada distinto que ofrecer, con lo cual es igualmente irresponsable, pero goza con este escenario. Reapareció Duhalde, Carrió manda cartas a las embajadas anunciando el enésimo Apocalipsis, los radicales danzan hasta para integrar sus bloques parlamentarios pero sobreviven gracias a la propaganda mediática. Todo eso entra por el hueco que provoca el paisaje de Capital y conurbano, en su mezcla de realidad y sensación construida. Y también cuelan por allí los sociólogos Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand, Jorge Rial y Susana Giménez. Gente ducha si la hay en el análisis de la fenomenología política, el instinto ideológico diría que son el reflejo de una parte de la sociedad que no termina de aprender nunca. Craso error: son absolutamente coherentes. Su cabeza pasa por acabar con la inseguridad con el simple expediente de bala limpia, camiones hidrantes y marchas con el himno a cuestas. Llaman a la represión y tienen bien aprendido que con los milicos estábamos mejor. 11月12日 Nos quedamos con sus acusados. cuando los garcas de toda la vida empiezan a hablar de
violentos, de zurdos, de patotas, de prevenirse, de los derechos del
ciudadano de a pie, de las instituciones violadas, de parar como sea a
la inseguridad, de la corrupción desenfrenada, del campo que no da más
y de los ataques a la prensa. Ya los conocemos a esos tipos. Nos
quedamos con sus acusados. Con quien quedarse Fuente Pagina 12 Por Eduardo Aliverti Todos hablan de un clima de violencia. Y hasta de “anarquía”. Sea porque los medios espejan el humor colectivo o porque lo producen (el periodista insiste en creer que se trata de una simbiosis), no se debe caer en la extravagancia de ignorar el tema. Una primera visión es sobre los hechos en sí mismos, que dejan mucha tela para cortar en su proyección ideológica aunque ésta, después, quede encerrada a su vez en una mucho mayor. Los episodios que encabezan esa traza de estado de ánimo son el conflicto de los trabajadores del subte y la renovación de las protestas piqueteras. La suma de ambos fue el combustible que hizo estallar los nervios de clase media, y bastante para arriba más otro poco para abajo. Un primer dato es que los avatares se circunscriben a las dificultades de transporte público en Capital y conurbano bonaerense; de modo que, por lo pronto, no es objetivo expandir la sensación de “caos” a todo el país. Pero el segundo dato, sin perjuicio del primero, es que efectivamente hay demasiada gente afectada y que eso crea un choque serio de intereses y necesidades. Todo lo cual es una obviedad, a la que sin embargo hay que remitirse porque las inclinaciones de cada quien hacen que se caiga en extremismos emocionales y analíticos. Es decir: que sólo es un drama de porteños y adyacentes o que es un símbolo de la Argentina completa. Y no es ni un exceso ni el otro. Porque es cierto que lo que acaece en Buenos Aires y alrededores fija la agenda mediática, y con ello la construcción de “sentido común” general y lo que “la gente” piensa que tiene que pensar. Pero no es lo que les pasa a 40 y pico de millones de habitantes. Si fuera por lo negativo, además, es mucho más grave lo que ocurre en zonas del interior devastadas por la sequía. Eso refleja un drama estructural que incluye una vasta Córdoba ya sin agua. Y en términos de vida cotidiana es enormemente más complicado que arreglárselas para viajar si, de vez en cuando, debe esquivarse la 9 de Julio, o con la Panamericana cortada, o sin subte. ¿Qué pasa si se coteja eso con el despliegue mediático que merecen las colas en los colectivos y la bronca de los automovilistas de y hacia la Capital? Pasa que da una visión porteño-céntrica de cómo nos va en la vida. Que es nuestra vida y vale, vaya, pero no la única. Y entonces hay que ponerse a pensar en cómo los medios nos hacen la cabeza, con el inconveniente de que pensar es todo un trabajo y que es mejor dejarse llevar por los impactos primarios. Luego, siempre dentro de lo coyuntural y de los primeros círculos concéntricos, vendría si las tácticas de quienes luchan, en forma más manifiesta o expuesta, son todo lo pensadas y eficientes que deberían ser. Los laburantes del subte, que en número y capacidad militante superan ampliamente a la burocracia del sindicato oficial, pelean por el reconocimiento gremial. Y ese aspecto combativo debería ser juzgado como beneficioso por el conjunto de la clase trabajadora: si ganan el conflicto se sentaría un precedente importante para que otros sectores se animen a pelear por nuevos y mejores derechos laborales. Pero la problemática es mucho más grande porque quedan aislados de la simpatía popular en tiempos que, desde hace rato, no son protagonizados por la conciencia de clase. “La gente” quiere viajar y llegar a su trabajo y a su casa, y que no la jodan. Reclamarle espíritu solidario sin más ni más es fantasioso. Ahí aparece la pregunta de si no cabría imaginar métodos de disputa más creativos. Sin embargo, eso tiene el límite de cuáles podrían ser cuando la tensión llegó hasta este punto gracias, entre otros motivos, a la tozudez gubernamental de continuar amparándose en el unicato del sindicalismo verticalista. Un aspecto que se extiende al rechazo de otorgar personería gremial a la CTA, para seguir confiando en un gremialismo de amigotes que, con excepciones, representa a nadie cada vez más. Kraft ya había sido un antecedente, cercano y explícito, de que la dirigencia tradicional está en un serrucho imparable de decadencia, al margen de los errores que se cometan por parte de los delegados más aguerridos. Hay cierta analogía con las manifestaciones de los movimientos sociales. “Algunos de sus jefes deberían elevar la mira de objetivos. Un muy estimable colega de la derecha periodística más seria, Ignacio Zuleta, escribió el miércoles pasado, en Ambito Financiero, que “los piqueteros presumen de ser una etapa superior del punterismo político, surgidos de la crisis de la dirigencia y que en sus respectivas vecindades desplazaron del poder al intendente, al puntero político, al comisario, a los partidos de la oposición, al cura y al narcotraficante”. Y tiene razón, con la salvedad de que debe apuntarse a (algunos de) quienes están al frente de esos grupos en lugar de emblocar a todos sus integrantes, como si debiese demandarse “responsabilidad” a los que perdieron todo o nunca tuvieron nada. Es ahí donde cuenta la estatura que deben tener los líderes, en su lucidez política. Para ganar hay que mostrar realizaciones, despertar confianza, explicar bien, y no quedar sospechados de que sólo es cuestión de conseguir un plan de ayuda. No es lo mismo Milagro Sala, quien encabeza en Jujuy una de las más formidables experiencias de organización popular de base, que unos pretendientes de revolucionarios que acaban como meros revoltosos funcionales al sistema. Pero también en esto hace falta que el Gobierno se haga cargo de que, tras la crisis de 2001, el drama social de los marginados fue antes barrido debajo de la alfombra, a través del asistencialismo y la cooptación de las organizaciones, que apuntado para ser resuelto en el mediano y largo plazo. Si eso tuvo justificación en que lo urgente antecedía a lo importante, a medida que la economía se recuperaba dejó de tenerla porque no fue aprovechado para corregir los núcleos duros de pobreza e indigencia. Los invisibilizaron por un tiempo, nada más. Y ahora resulta que se da la paradoja de su reaparición cuando se aprueba la asignación universal por hijo, porque algunos de esos colectivos sociales quedan fuera de la distribución a favor de los eternos caudillos distritales del PJ. El Gobierno y los movimientos terminaron entrampados en su habitualidad. Pero lo que queda es nada menos que el contexto mayor que, también paradójicamente, no requiere de muchas líneas. Porque bien por encima de toda esa fenomenología hay, ya ni siquiera agazapado, el ataque y las construcciones fantasmales de los sectores del privilegio. Es hora de reiterar, sin cansarse nunca, que deberían activarse reflejos inmediatos cuando los garcas de toda la vida empiezan a hablar de violentos, de zurdos, de patotas, de prevenirse, de los derechos del ciudadano de a pie, de las instituciones violadas, de parar como sea a la inseguridad, de la corrupción desenfrenada, del campo que no da más y de los ataques a la prensa. Ya los conocemos a esos tipos. Nos quedamos con sus acusados. 11月10日 Había una vez un circo. http://www.kaosenlared.net/noticia/106998/estos-mamarrachos-son-quieren-transformar-cuba ¿Y estos mamarrachos son los que quieren transformar Cuba?Desde hace unos días, varios “disidentes”,
dirigidos por la oronda Martha Beatriz Roque, están enclaustrados en el
domicilio de Vladimiro Roca. Una vez rellenado el refrigerador (por si
las moscas), colocaron en la fachada de la casa, carteles alusivos a la
libertad y a la democracia... capitalista, que como todos saben es la
que tortura, encarcela, y ejecuta masacres. Considerando que lo
anterior no es calumnia, sino dato objetivo (sólo hay que darse una
vuelta por Irak Afganistan o Colombia) lo lógico es que la gente del
barrio se haya indignado. En consecuencia, Martha y los suyos, han
comenzado a recibir improperios, y es la policía “represiva” la que
protege de la ira popular a un grupito que declara su alianza con el
imperialismo, ergo: fascismo, terrorismo y genocidio. Más información: 10月28日 SALEN A VENDER MIEDO EN NUESTRO PAIS,SON LOS MISMOS RUFIANES DE SIEMPRENO COMPRE MIEDOSi en toda su carrera,en todo su legajo,descubrimos alguna idea o propuesta sobre algun tema o situacion, realmente seria muy poco.Pero si por el contrario,no encontramos ni una idea o proyecto seria desastroso.Ahora si le sumamos al historial pobre que tienen estas nefastas personas que aparecen ciclicamente.una rieterada y alevosa manera de contar cuentos apocalipticos.es muy preocupante. de terrible bajeza.Y si es la unica forma de poder hacer politica,es muy detestable..
EL CONSTANTE DESEO DE CATASTROFE,ES DE GENTE´ENVIDIOSA Y DESPIERTA DESCONFIANZA .ESA GENTE ESTA EN LA POLITICA Y EN LOS MEDIOS
,NO QUIEREN LA DEMOCRACIA,NO SE PONEN A TRABAJAR DE OPOSICION CONSTRUCTIVA,SE PONEN A TRATAR DE TODOS LOS MEDIOS Y CON LOS MEDIOS DE ARRUINAR AL PAIS,SE DIRIGEN A LA SOCIEDAD CON EL SOLO FIN DE TRANSMITIR CAOS,CRISIS.INSEGURIDAD,MUERTE,ETC. TRANSMITEN UN MIEDO CON LA INTENCION DE SOMETER LO MISMO FUNCIONO CON EL TEROR DE BUSH.CON LOS VIDELAS,AHORA SON LA CARRIO,MORALES,MACRI COBOS, DUHALDE BERGMAN,SON LOS DE TN ,SON LOS QUE CALLAN LA NOTICIAS QUE LES PUEDA ARRUINAR SUS NEGOCIOS,SON LO QUE HICIERON MIERDA AL PAIS.ESTOS SON:
De profetas, augures, adivinos y otros anunciadores del Apocalipsis
Imagen: Alfredo Srur
Por Ricardo Forster *
Los augures parecen querer regresar una y otra vez. Sus profecías, que desean fervientemente que se vuelvan autocumplidas, anuncian la inminencia de la catástrofe. Su retórica, algo agusanada por el uso y el abuso de la predicción fallida, describe un escenario de pesadilla en el que la violencia social completamente salida de cauce terminará por arrojarnos al abismo del desgobierno. Sueñan despiertos con la reproducción hoy, acá y entre nosotros, de aquello acontecido en diciembre de 2001. Alucinan un giro vertiginoso de los tiempos políticos y sociales que lleve al país hacia un estallido brutal que sólo podrá ser detenido por las fuerzas genuinamente republicanas, retaguardia permanente de la patria amenazada por la bestia populista. Sin pudor vociferan la llegada de un vendaval salvífico, de esos que recogen de sus lecturas ultramontanas, aquellas en las que se describe la llegada del Apocalipsis redentor. Miran con ojos de buitres atentos a la primera señal, listos para arrojarse sobre ese cadáver que tanto esperan. Son los heraldos de una violencia que se anuncia y a la que se reclama cada día desde los grandes medios de comunicación, preocupados, estos últimos, en horrorizarse ante las frases de un Maradona exaltado aunque absolutamente despreocupados y cómplices ante esas otras frases que nos hablan de bandas armadas, de piqueteros violentos, de narcos infiltrados en los movimientos sociales y que nos hacen desayunar cada día con los anuncios de un fin arrasador. En estos días el mal lleva el nombre de Milagro Sala y del movimiento Túpac Amaru. El amigo lector pensará, algo sorprendido, que está ante un texto emanado de los relatos bíblicos o, supondrá, que nos hemos deslizado irreparablemente hacia cuestiones entre esotéricas y milenaristas. Nada de eso. Escuchar a ciertos dirigentes políticos de la oposición más frenética es tropezarse con descripciones mucho más demoledoras y salvajes que las que inician este artículo. No agotan sus metáforas tremendistas, no escatiman recursos verbales para hablarnos de la pobreza, de la crispación, del clima tormentoso anunciador de una violencia social indetenible; se dedican, como cierta pitonisa de mirada paranoica, a construir frases que anticipan giros catastrofales y venganzas inauditas. Y lo dicen sin pudor, sin que la mayoría de los periodistas “independientes”, de esos que siempre nos ofrecen el relato de su propia virtud republicana y democrática, digan absolutamente nada o, cuanto menos, busquen interrogar con cierta distancia crítica a los portadores de profecías tan escandalosas. Quizá no lo hagan porque en su fuero interno, en el secreto de sus posiciones, se sientan a gusto con esas visiones del Armagedón. Entre Elisa Carrió y Gerardo Morales, para nombrar a los dos más ilustres retóricos del fin de los tiempos, podemos llenar las páginas del tremendismo nacional, un tremendismo que ya no se dedica sólo a denostar al Gobierno (táctica que parece ya no ser suficiente para atizar el espíritu de cierta clase media muy dispuesta, aparentemente, a subirse al tren fantasma de la restauración neoliberal), sino que ahora busca saciar su apetito reaccionario yendo contra los movimientos sociales, describiéndolos como bandas de facinerosos que sólo viven de los dineros públicos y de su uso clientelar. Bandas violentas y armadas que se dedican a asustar y a escrachar a honestos dirigentes opositores (transforman un acto menor, aunque no por eso menos repudiable, en un acontecimiento monstruoso, como si el senador Morales hubiera sido casi linchado por una horda de criminales. Nada dijeron, claro, cuando los “chacareros republicanos y virtuosos” de Santa Fe trataron con especial virulencia al diputado Agustín Rossi, ni tampoco se les ocurrió denunciar a quienes se convirtieron, amenazas mediante, durante meses en dueños de las rutas). Disfrutan con la exageración, amasan con placer los distintos componentes que supuestamente harían falta para que de una vez por todas una tormenta purificadora se lleve puesto al Gobierno. Mientras lanzan a los cuatro vientos sus anuncios y sus descripciones, son transformados por la corporación mediática en pacíficos corderos hondamente preocupados por la injusticia y la desigualdad. Para acentuar su inclinación altruista tienen a su lado las voces de una Iglesia que prácticamente se ha convertido en partido político de oposición (en verdad, daría la impresión de que en Argentina, la Iglesia, la de Bergoglio, y la corporación mediática constituyen el eje alrededor del cual gira una oposición desmadrada e incapaz de aprovechar su “triunfo” del 28 de junio). Es grave, demasiado grave, que quienes se dicen gente de diálogo, quienes se reclaman como fervorosos defensores de la convivencialidad democrática, apuntalen un discurso que guarda una violencia y una crispación a las que supuestamente denuncian como parte de la idiosincrasia kirchnerista y como núcleo de los movimientos sociales. Es grave que en un país que ha conocido épocas dominadas por el terrorismo de Estado se utilicen con una liviandad irresponsable argumentos que carecen de toda verificación (Carrió, Estenssoro y Morales se dedicaron a ofrecer un mapa de ciertos movimientos sociales y de piqueteros como si fueran fuerzas insurgentes, armadas hasta los dientes y preparándose para tomar por asalto el poder. ¿Alguien dará cuenta de estas barbaridades? ¿Algún medio de comunicación les exigirá, a estos tres mosqueteros de causas que huelen mal, explicaciones, datos, pruebas, etcétera, etcétera?). Lo que no dicen es que durante los momentos más dramáticos de la crisis de finales de los ’90, que desembocó en diciembre de 2001 y que luego siguió durante todo 2002, fueron los movimientos sociales, los piqueteros, quienes mostraron una conducta cívica impresionante impidiendo que una violencia anómica, nacida de un país desmembrado con instituciones absolutamente deslegitimadas, se derramara por las calles de las ciudades. Fueron los desocupados, los más golpeados por las políticas neoliberales, los que hablan mal, los invisibilizados, los que contuvieron y encauzaron democráticamente las protestas mientras el “país de los ricos y famosos”, el de los empresarios de éxito y el de los políticos, estaba paralizado y no sabía cómo salir de un atolladero gigantesco que, con sus complicidades, supieron generar. Y ahora quieren arrojar sobre esos movimientos la sospecha de ser los portadores de la violencia. Ironías de una Argentina que suele tener la memoria corta allí donde prefiere ocultar sus propias responsabilidades. La violencia, esa de la que supuestamente hablan y a la que denuncian, ha provenido del poder, de sus injusticias e iniquidades. Contra esa violencia se levantaron con inmenso coraje las organizaciones de desocupados y los movimientos sociales. Ellas pudieron darles un lenguaje a los silenciados, fueron capaces de inventar algo nuevo en el interior de un orden corroído y envilecido. Ellas fueron resguardo de la genuina democracia ante el saqueo y la impudicia de las corporaciones. No todo, claro, ha sido virtuoso ni transparente, lo que exige siempre lucidez en la crítica y capacidad para eludir la tentación del anquilosamiento burocrático y el facilismo clientelístico. Pero es la propia dinámica de las creaciones populares la que podrá revisar sus caminos y no la ofensiva macartista de aquellos que se ofrecen como víctimas cuando han sido, la mayor parte de las veces, victimarios de los olvidados de la historia. La virulencia irresponsable con la que lanzan acusaciones que, en otro tiempo argentino, supusieron liberar la máquina represiva, descompone la idea y la práctica de la democracia para dejar paso a los discursos de la beligerancia. Se trata de hacer proliferar un clima de crispación extrema, de multiplicar un relato que vaya infectando la vida cotidiana por las señales inequívocas de un estallido por venir. No les interesa el debate democrático, tampoco el procesamiento mesurado de las discrepancias; piensan, están convencidos, que ha llegado la hora de las palabras contundentes asociadas a denuncias espectaculares que despachan en una sola frase la extraordinaria saga de movimientos sociales que fueron expresión de una dignidad inexistente en la mayor parte de la sociedad acomodada. Su discurso es peligroso al mismo tiempo que falaz, pone en cuestión su identificación con el orden democrático allí donde no hacen otra cosa que hablar delirantemente de fascismo cuando no tienen argumentos para confrontar políticamente con sus adversarios. Pero el problema no lo tienen quienes así actúan y piensan, el problema lo tenemos todos aquellos que seguimos sosteniendo la idea de una democracia que sea capaz de procesar sus conflictos sin eliminarlos, que sepa profundizar un itinerario hacia la justicia y la mayor equidad sabiendo que todo proceso cuestiona intereses poderosos. Mientras tanto seguiremos siendo testigos de los anunciadores del fuego, tendremos que seguir viendo y escuchando, casi como si fuera en cadena nacional, que se acerca el día de la catástrofe tan deseada. Habitar la democracia, recrearla continuamente, darle rienda suelta a nuestra capacidad de invención es también salir al cruce de estas retóricas del fin del mundo, de estos augurios apocalípticos que lo único que buscan es maniatar a la propia democracia confinándola a ser una caja vacía, un mero lenguaje formal sin posibilidad alguna de amplificar las voces de los incontables, de esos mismos que hoy son denunciados como los portadores de “la violencia y la criminalidad”. Es nuestra responsabilidad cuidar la convivencia democrática, y cuidarla significa también ser capaces de revisar críticamente nuestras actitudes y nuestros gestos, saber innovar y superar lo que tal vez no sea pertinente para esta actualidad. El desafío de todos aquellos que imaginamos una travesía argentina en clave emancipatoria es no dejarnos ganar por el dogmatismo ni por las retóricas facilistas. Debemos aprender mucho de las experiencias y las vicisitudes de quienes salieron a la luz del día para colocar una palabra reprimida y olvidada; pero también aquellos que han sabido ponerse a la cabeza de esas demandas silenciadas durante tanto tiempo tendrán que ser capaces de andar con los ojos bien abiertos para no solo cuidarse de las acechanzas del poder sino, más difícil todavía, de sus propias certezas. * Doctor en Filosofía, profesor de la UBA. Cada vez más claro
Por Eduardo Aliverti
Nadie diría, por supuesto, que éste es un Gobierno prolijo. Para el caso, el adjetivo se presta a dos interpretaciones. Una es de corte ideológico y es la menos –o nunca– empleada. Refiere a que se guarda prolijidad en pos de un objetivo político, del signo que sea. La otra es la que se llamaría “institucional”, y remite al cuidado de las formas impuestas por las leyes y normas procedimentales. Bajo el primer criterio, podría señalarse que el kirchnerismo ha trazado algunas grandes y consecuentes líneas, de discurso y acción, ligadas al enfrentamiento con ciertos factores de poder: los capitostes del sector agropecuario; los del ámbito mediático; la política exterior que privilegia una integración regional y no las relaciones carnales con Estados Unidos; la reactivación –con sus falencias– del juzgamiento a los genocidas; una Corte Suprema de carácter independiente y trazos progre, pero cuya aptitud profesional no es cuestionada ni siquiera por los talibán de la oposición; y todo lo que supone haber reestatizado el sistema jubilatorio, en la afectación de negociados a muchos de los grandes grupos del establishment. Pero hay otros aspectos que fiscalizan por la contraria el andar oficialista. No saben o no quieren encontrarle la vuelta al núcleo duro de la pobreza. Hay el olor indisimulable a capitalismo de amigotes. Y también la muy escasa o nula vocación de ampliar el arco de alianzas políticas y sociales, refugiándose en ese espíritu cerrado que deriva a habitaciones de Olivos o El Calafate todo debate sobre cuestiones macro de articulación y acumulación de poder. En ese sentido, la “prolijidad” político-ideológica tiene debe y haber en proporciones a las que puede encontrárseles similitud. En cambio, si es por la segunda lupa y aun sin considerar los antecedentes de quienes impulsan el cuestionamiento (todos los amanuenses de cuanta dictadura haya habido clamando contra las violaciones al republicanismo), el Gobierno es entre muy débil e indefendible. Los Jaime, los incrementos patrimoniales de propios y entenados, los mamarrachos metodológicos en el Congreso, la cantidad de licitaciones sospechosas. Una suma de irregularidades, mayores y menores, que no son excusables por el solo hecho de que las emplea una derecha pobrísima, que debería ser incapaz de tirar la primera piedra y que encuentra en ellas, en las formas, su gran razón de ser para marcar agenda de algún tipo. Esto último, sin embargo, tampoco debe hacer mella en la necesidad de que, si es por prolijidad, haya una visión de responsabilidades conjuntas. En todo caso y, de nuevo, sin siquiera contemplar los pergaminos de quienes se escandalizan por el estilo oficial, la coyuntura muestra que se le contesta a la violencia estilística con una violencia mayor. Se ubica el surgimiento de ese contraataque en la decisión de lanzar y aprobar la ley de medios audiovisuales. Suena más preciso la caída del negocio televisivo del fútbol. O más todavía el derrumbe de las AFJP: una ruleta a la que había ido mucha plata de los ingresos por la monopolización de la pelota. La avanzada ocupa el segmento mediático porque está claro que es el megáfono de una oposición que, de otro modo, no tendría forma de trascender. Puede ser discutible que exista un “partido” de los Medios, en la definición ortodoxa de lo que significa una agrupación partidaria. Pero no lo es que, al inexistir una mancomunión opositora, y mucho menos una propuesta unificada de modelo alternativo, los (grandes) medios son el “escondite” de ese vacío. Hablemos, en consecuencia, de violencias de forma que tendrían que sonrojar a cualquier actuante periodístico, si desea preciarse de excelencia o de puntillosidad técnica elemental. Hablemos de que se designa “violencia política” generalizada, como si viviéramos en los ’70, a un repudiable episodio de agresión ocurrido en Jujuy. Hablemos de que gravar al mercado financiero es apuntado como una amenaza mortal para el crecimiento del mercado de capitales, cuando el gobierno de Brasil –al que los grupejos de analistas y gurúes de la City sindican como paradigma de desarrollo– termina de imponer tributos a la entrada de capitales especulativos. Hablemos de que un fallo de la Corte contra una medida que tomó Kirchner en 2001 fue remarcado en portada como “Fallo de la Corte contra una medida que tomó Kirchner”, como si se tratase de Kirchner ahora y con la desparpajada orientación semántica de que el Presidente es Kirchner. Hablemos de que el mantenimiento del superávit comercial, producto de la diferencia favorable entre importaciones y exportaciones y en el período en que se cayeron las transacciones del mundo global, es presentado como el desplome del superávit comercial. Hablemos de que renunció el intendente kirchnerista de Balcarce y titularon “Me pudieron”, cuando el funcionario arguyó “conductas anormales” de la oposición y de un concejo deliberante donde tenía minoría y que, agregó, “no nos aprobó prácticamente nada”. Hablemos de que insisten en rotular como “compulsivo” el proyecto de extracción de ADN que circula en el Congreso, cuando resulta que lo que dice el proyecto, con aval sentencial de la Corte, es justamente lo contrario al advertir que sólo habilita a la extracción de células ya desprendidas del cuerpo. Para no hablar de que el tema les merecería dudosa atención si no fuese que juega allí el origen de los hijos de la directora de Clarín. El legislador porteño Juan Cabandié, hijo de desaparecidos y acusado de integrar una suerte de charter que Aerolíneas Argentinas habría fletado a Montevideo para asistir al partido Argentina-Uruguay, refutó la imputación y la aprovechó para inquirir si, acaso, demuestran el mismo entusiasmo para indagar sobre el umbral genético de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. Dieron cuenta de la pregunta pero, naturalmente, la indicaron como una maniobra de desviación temática. No sea cosa. Este paquete de objetividades podría salpimentarse con inferencias obvias. Sin ir más lejos, del tipo de las que conducen a que los exabruptos de Maradona, a más de perturbar a la patria periodística que se autoestima intocable, no habrían suscitado tanto encono si el ídolo no hubiese aparecido al lado de Cristina y Grondona cuando anunciaron la caída del contrato con Clarín. Y es que tampoco se armó tanto escándalo nacional cuando Reutemann poetizó sobre el recontramedio del culo, ni cuando Tinelli escenifica a la prostitución vip, ni cuando Carrió avisa que prefiere a los monopolios de prensa, ni cuando Susana convoca a matar. Pero no hace falta. La carne ya está comible con lo que es ostensible, sin que haga falta inferir. Los grandes medios y sus felpudos han quedado desvestidos como nunca, salvo para quienes confunden a un elefante con una mosca. Si es por prolijidad de formas, no conservan ninguna. Y esto es lo mejor que nos pasó, o que debería pasarnos: que de cada quien quede cada vez más claro a qué y a quién responde. 10月24日 ¿Debatir? Si lo hiciere, pondría al desnudo sus intereses corporativos.Favorito de las clases medias, el editorial de Clarín dijo el día del golpe:
La palabra presidencial (mensaje del general Videla) sin buscar aplausos anticipados ha fijado un rumbo apto para la solución de los problemas nacionales. En tanto La Nación (legendario vocero del medio pelo aristocrático) intituló el suyo con sobriedad: La edad de la razón. El Big Brother se retuerce Cuán vasto y profundo habrá sido el terrorismo de Estado en Argentina (1976-83), que sólo un par de años después del golpe militar la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) admitió el clima de inseguridady miedoreinante en las redacciones del país rioplatense. Para entonces, la tarea de exterminio y ocultamiento había alcanzado sus objetivos. Sin contar las víctimas del calentamiento previo(gobierno constitucional y represivo de Isabel Martínez), 118 periodistas y escritores fueron asesinados o desaparecidos. El Big Brother mediático y los adalides criollos de la libertad de expresiónno se dieron por enterados. Periódicos centenarios como La Nación (1870), La Prensa (1869), entre otros de gran tirada de la segunda mitad del siglo pasado (Clarín, Crónica, La Opinión), acataron al unísono el comunicado militar número 19 que establecía penas de 10 años de reclusión “… al que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las fuerzas armadas, de seguridad o policiales”. Favorito de las clases medias, el editorial de Clarín dijo el día del golpe: El crimen pagó con creces. Por los servicios prestados, los militares traspasaron las acciones de la empresa mixta Papel Prensa SA a Clarín, La Nación y La Razón (1977). Felizota, doña Ernestina Herrera de Noble adoptó un par de niños. Sin embargo, a pesar de los emplazamientos legales de los organismos de derechos humanos, la justicia no ha podido dilucidar si los hijos de la dueña de Clarín son hijos de desaparecidos. Algo que, seguramente, para sus medios carece de importancia. En una extraordinaria investigación acerca de la actitud de la prensa de la época, Eduardo Blaustein y Martín Zubieta precisan que la mayoría de las víctimas no fueron por haberse atrevido a publicar sus verdades “… sino en su calidad de delegados sindicales o por su relación con organizaciones partidarias, de derechos humanos o político-militares” (Decíamos ayer, Ed. Colihue, 1998, p. 23). Tal es la catadura de los grandes propietarios que hoy embisten contra la nueva ley de medios, promulgada por la presidenta Cristina Fernández el 9 de octubre pasado (ver artículo anterior, 14/10/09).
En descargo, Clarín publicó durante varios días un texto angelical intitulado Continúa: “La paradoja es que en varios aspectos este proyecto se emparenta con la vocación de fragmentar y controlar que tenía la ley de la dictadura (¡sic!)… se imponen restricciones arbitrarias y alejadas de los ejemplos internacionales… desacreditar a los medios de comunicación como contrapeso de la democracia… Cuando las leyes son pensadas contra algunos, cuando el personalismo utiliza el poder del Estado y no encuentra freno en las instituciones, están en riesgo las garantías de todos”. Cínicamente, el poder mediático argentino eligió el camino de la confrontación. ¿Debatir? Si lo hiciere, pondría al desnudo sus intereses corporativos. Cosa que trata con el eufemismo El presidente de la Unión Cívica Radical, Gerardo Morales, observó que los principios que inspiran la nueva ley de medios “… se basan en una teoría que tiene su basamento en la expansión del Estado”. Por su lado, el diputado Francisco de Narváez (consultar perfil en La Jornada, 1/7/09) aseguró que “… la ley pretende controlar los medios de comunicación y la opinión pública”. Y aclarando que no la leyó, la comparó con el nuevo cuco del Big Brother: En consonancia con algunos sectores de la izquierda elitista, ambos dirigentes esgrimieron la típica falacia liberal: medios de comunicación independientes del poder político. Como si frente a la apabullante dictadura mediática del capital monopolista, en Argentina, México y América Latina, el Estado no fuese la única fuerza política capaz de balancearlo. En la clase media no se puede respetar a la gente que se organiza para avanzar, a menos que sean patrones o propietarios, que en ese caso tienen derecho insultar y llevarse por delante a todo el mundo.Pero los piqueteros no son ruralistas paquetes. Con ellos se aplica otra mirada, radicalmente distinta, clasista y discriminatoria. Los piqueteros son “esencialmente” corruptos porque están ordenados en función de un clientelismo indigno. Hubo una frase, un chiste durante la semana, por parte de Elisa Carrió, verdaderamente patética: “Si se aplica la asignación para la niñez que plantea el Gobierno, vamos a ver a chiquitos de tres años en las marchas por un choripán”. Carrió quizá no sea consciente del desprecio profundo que encierra esa frase. La gente pobre se vende por un choripán, está obligada a venderse porque es pobre y además se vende por poca cosa por la misma razón,
› PANORAMA POLITICO
Palabras violentasPor Luis Bruschtein
Los movimientos sociales fueron surgiendo en los espacios que los partidos políticos no podían ocupar, a veces por su especificidad, a veces por incapacidad. Por una u otra razón, la llegada de los movimientos sociales al escenario de la política fue un aporte enriquecedor. Así fue con los organismos de derechos humanos, con las radios comunitarias o las fábricas recuperadas, con los movimientos de género o con los piqueteros. Así como los movimientos de derechos humanos prendieron una luz civilizatoria donde la civilización había descendido al infierno, los movimientos piqueteros brillaron también con esa luz, pero en aquellos territorios donde las instituciones de la civilización se habían retirado. Ambos aportaron el pulso de la condición humana, el rechazo a deshumanizarse, incluso cuando la mayoría de la sociedad había decretado ese camino, el de “por algo habrá sido” o “somos derechos y humanos” de los ’70 o del éxito individual y el egoísmo de los ’90. La legitimidad de esos movimientos ya está escrita en sus historias y orígenes y los diferencia de los sellos de montaje oportunista o de los grupúsculos de laboratorio. Son agrupaciones que se manejan en un tema específico con el que entretejen y generan políticas. Su llegada al campo de la política fue recibida con aplausos, que en realidad ocultaban sorpresa y desconcierto. En función de sus temas, los movimientos intervinieron necesariamente en política, no como partido político, pero sí en la disputa por espacios y reivindicaciones. Entonces los aplausos se parcializaron: sólo aplaudían los que estaban de acuerdo con ellos y el desconcierto se fue transformando en inquietud. Con el proceso de polarización cada vez más acentuado, los movimientos sociales pasaron a convertirse en blanco fácil de un debate que discurre por los laterales y evita discutir lo central, porque el único tema que realmente importa es la división entre oficialismo y oposición. En la última semana, los movimientos sociales parecen haberse convertido en uno de esos blancos laterales. En pocos días hubo una denuncia por supuesto clientelismo en el comedor Los Pibes de La Boca, se produjo el incidente con el hijo de Emilio Pérsico y el escrache al senador Gerardo Morales. Ninguna de las tres situaciones planteadas como fueron planteadas pueden ser defendibles. Tampoco puede defenderse el hecho de que sean planteadas así para deslegitimar un actor en la política que ha demostrado en los últimos años más legitimidad que quienes lo quieren deslegitimar. Es lo mismo que hablar contra la política y los políticos en general. Que son ladrones y vagos, que montan sus fortunas sobre las necesidades de la gente, el discurso demagógico y oportunista de la antipolítica. A Milagro Sala, la dirigente de la organización Túpac Amaru, a quien Morales acusó por su escrache, se la ha presentado como “jefa mafiosa” y hasta como “drogadicta”. El enojo de Morales contra los piqueteros no fue el mismo que contra los ruralistas que sí golpearon y escracharon a Agustín Rossi en Santa Fe. En ese caso, se quiso y se pudo diferenciar a los participantes en ese ataque de sus dirigentes y hasta de sus organizaciones. El mismo Rossi tuvo ese gesto. La Mesa de Enlace –conformada por organizaciones de propietarios y patrones– nunca fue interpelada por esos hechos y siguió siendo una interlocutora legítima. Y visualizada desde ese lado como su antorcha civilizatoria frente a la barbarie oficial. Ningún medio habló de los discursos violentos de De Angelis ni de la violencia en los cortes de ruta. Pero además, Morales involucró expresamente a Milagro Sala, aun cuando otra agrupación de campesinos jujeños, llamada Libertad, reivindicó el escrache. El detenido pertenece a esa agrupación de pueblos originarios que ya lo había escrachado en marzo en Purmamarca, según ellos porque Morales “está en contra de la tenencia de la tierra por parte de las comunidades aborígenes”. Pero los piqueteros no son ruralistas paquetes. Con ellos se aplica otra mirada, radicalmente distinta, clasista y discriminatoria. Los piqueteros son “esencialmente” corruptos porque están ordenados en función de un clientelismo indigno. Hubo una frase, un chiste durante la semana, por parte de Elisa Carrió, verdaderamente patética: “Si se aplica la asignación para la niñez que plantea el Gobierno, vamos a ver a chiquitos de tres años en las marchas por un choripán”. Carrió quizá no sea consciente del desprecio profundo que encierra esa frase. La gente pobre se vende por un choripán, está obligada a venderse porque es pobre y además se vende por poca cosa por la misma razón, hay que rescatarlos de esa indignidad y convertirlos en clase media. La misma clase media que al principio ocultó su sorpresa con aplausos ahora repite ese comentario. Pensar de otra manera implica ser cómplice de la “corrupción indigna” de los movimientos piqueteros. Es decir, no se puede pensar bien de los pobres o, en el mejor de los casos, hay que pensar que los pobres no pueden pensar. En la clase media no se puede respetar a la gente que se organiza para avanzar, a menos que sean patrones o propietarios, que en ese caso tienen derecho insultar y llevarse por delante a todo el mundo. Esa es la mirada hacia los piqueteros por parte de un sector de la clase media. Como no son clase media, son diferentes, son indignos. ¿Quién los va a rescatar de esa indignidad? Las únicas herramientas que los piqueteros tuvieron para combatir el tráfico de droga en sus barrios, para organizarse para conseguir luz o alcantarillas, para hacer o arreglar escuelas, han sido esas organizaciones a las que ahora se pretende demonizar con la excusa de salvarlos para convertirlos en clase media. No importa en esa discusión si es mejor la asignación para los niños que propone Carrió o la que propone el Gobierno. Y para el caso de su legitimidad, tampoco hace diferencia si unas organizaciones son oficialistas u otras son opositoras. Lo que importa es que las asignaciones lleguen a los niños y que los piqueteros no necesitan que nadie les enseñe dignidad. Hubo otra mención de Carrió sobre la ley que permitirá obtener el ADN de una persona, de la misma manera que se obtienen las huellas digitales. Carrió denunció al Gobierno por impulsar esa ley nada más que por su pelea contra Clarín y la señora Ernestina de Noble, que mantiene un diferendo con las Abuelas de Plaza de Mayo a raíz de sus dos hijos adoptados. “El único objetivo es la señora de Noble”, lanzó con un desprecio que le salió del alma, pero ocultó que esa ley es impulsada por las organizaciones de derechos humanos para lograr la restitución de la identidad a 400 chicos que fueron apropiados por la dictadura. Quizá no lo pensó así, pero si existe alguna intención detrás de estas declaraciones, tan frívolas y al mismo tiempo tan violentas, ésta sería la de deslegitimar a otro de los movimientos sociales, en este caso a los organismos de derechos humanos, en su guerra feroz contra el oficialismo. El debate entre oficialismo y oposición no puede llegar a un nivel de canibalismo e irracionalidad que atropelle todo, caiga quien caiga, sin importar el esfuerzo, el dolor y los sacrificios que una comunidad puso en la construcción de estas organizaciones. Los movimientos sociales no son empresas ni tienen fines de lucro y surgieron representando los mejores pertrechos morales de una sociedad que la única respuesta que les daba era represión o exclusión. En su momento eran el buen camino por el que nadie quería caminar. Los mismos dirigentes de la oposición han advertido, a partir del escrache a Morales, sobre la creación de un clima de violencia del que ellos no serían parte. No pueden medir el grado de violencia que han tenido sus expresiones en relación con estos movimientos sociales y contra las personas que los integran o los respetan. Los periodistas trabajamos con palabras, sabemos la violencia que pueden tener, igual que la injusticia o las mentiras. Y no hay en este momento una causa tan terrible que las justifique solamente por una discusión entre oposición y oficialismo. 10月22日 Probar otra cosaPor Eduardo Aliverti En coincidencia con la aprobación de la nueva ley de Medios Audiovisuales, estos días que le siguieron son una muestra muy interesante de lo que significan las construcciones mediáticas. Si es por noticias de valor estructural, ¿qué duda cabe sobre situar en lugar predilecto el inminente proyecto de asignación universal por hijo? Se lo reclama desde hace años por parte de los sectores políticos y sociales progresistas, y recién ahora el oficialismo acusa recibo concreto. La cifra en danza (alrededor de 135 pesos) puede ser o parecer exigua, para más o menos tres millones de menores de 18 años, cuyos padres no alcanzan el salario mínimo o viven en la informalidad laboral. E incluso cabe advertir sobre la necesidad de alcanzar objetivos superadores, como sería la garantía de empleo. Pero instala el debate acerca de los privilegios que deben afectarse para conseguir la plata, que anda cerca de los siete mil millones de pesos. La renta financiera, la petrolera, el juego, el impuesto a las Ganancias, la elevación del mínimo no imponible incluyendo a los jueces y a los obispos. Es decir, un nuevo avance en la estipulación de a qué puede animarse una democracia burguesa. Y del que, por la izquierda, sólo quedarían excluidos quienes entienden que las reparaciones sociales son únicamente alcanzables con una revolución socialista inmediata. En cualquier caso, lo que no debería generar interrogantes es la dimensión del tema que, a su vez, se inserta en el más global aún de cómo se distribuye la riqueza. Se ve que nada de todo esto le resulta apreciable a una aplastante mayoría de la prensa oral y escrita, que obvió la información. Lo mismo, la virtual ignorancia mediática, ocurrió con las sugestivas declaraciones del ministro de Trabajo, que devaluó las posibilidades de otorgar personería gremial a la CTA. Otro aspecto estructural, en el que se juega nada menos que la subsistencia o no de la CGT como única representación de los trabajadores. La cuestión daba, da incluso, para apuntarle cañones al oficialismo en lo que semeja a la táctica de atender simultáneamente la ventanilla progre y la conservadora: por un lado, acercar posiciones con el centroizquierda no K, y, por otro, mantener el apoyo del aparato burocrático sindical. Pero ni eso. La gran prensa relegó o directamente no le dirigió la palabra a ninguno de los asuntos. Lo hará, como lo viene haciendo, en alguna de esas columnas editorializadas que sólo lee la tribuna propia. O, como sucedió con la ley de Medios Audiovisuales, cuando los ítem se conviertan en amenaza franca para sus intereses. Hasta marzo último, al presentarse el anteproyecto de la nueva herramienta regulatoria de radio y TV, las corporaciones del “periodismo independiente” renegaron de brindar todo dato sobre lo que venía suscitándose, respecto del punto, en porciones significativas de la sociedad. Y de golpe, cuando la vocación política de impulsarla se cristalizó, lo ignorado mutó, casi, a elemento monotemático, mezclado con la conmoción que les provocó la caída de su negocio futbolístico. Lo que nunca (les) fue noticia transfiguró a noticia principal. Por supuesto, ese desprecio por las materias recién citadas no fue reemplazado por el vacío. Consumada la ley de Medios, hubo y habrá reflejos de sangre en el ojo. Se llaman ir a los Tribunales para conseguir dictámenes de inconstitucionalidad. Promesas opositoras de revisar la sanción para congraciarse con El Grupo. Periodistas-felpudo a la orden. Un mastín reaparecido, Elisa Carrió, en defensa de no investigar el origen filial de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. Y un enorme operativo destinado a posicionar como decisoria la sospechosa voluntad de la senadora correntina, en una votación que terminó 44 a 24. Pero, con todo, esa batería empieza a parecerse a una procesión que va a llorar a la iglesia. De tal manera comenzó a re-suceder el vértigo informativo disperso, supletorio del carácter excluyente que durante semanas le confirieron a la ley mediática. El espeluznante asesinato de un adolescente, en Tigre, reintrodujo de la noche a la mañana la discusión en torno de “la inseguridad”, erigido ya como un clásico de los clásicos del periodismo: aparece y desaparece en relación inversamente proporcional con la ausencia o presencia de noticias políticas mayores. ¿Qué habría acontecido si el hecho se hubiera dado durante la batalla por la ley? Lo mismo que pasó cuando los meses más duros del conflicto con “el campo”. Nada. En esos períodos, la inseguridad desapareció de los medios llevando a una de dos conclusiones que, en realidad, pueden ser concurrentes. O el incremento del delito no es lo alucinante que pintan, o cada vez que lo pintan hay detrás objetivos políticos o de artificios mediáticos (que en mirada de largo alcance terminan siendo la misma cosa). Esa lógica de los desvanecimientos noticiosos y permanentes trepó a una de sus cúspides tras la fiesta de sexo oral a que llamó Maradona. A partir de ese momento, diríase que el país y los medios –o al revés, según quiera determinarse el orden de cómo se ancla una agenda– no hablan de otra trama. Veamos lo objetivable. Un director técnico de fútbol, que al fin y al cabo es antes eso que el principal santo y seña para identificar lo argentino en el mundo entero, brinda una nueva muestra de sus desequilibrios emocionales. Ni un marciano pretendería que el episodio quedara desapercibido; y entre otras razones porque, sin justificar y ni siquiera tratar de comprender a Maradona, es igualmente objetiva la saña con la cual venía tratándolo esa parte del periodismo deportivo a la que invitó a fellatiarlo. El se tiene que hacer cargo, como sus acusados, de estimular un espectáculo caníbal. Ambos viven del sensacionalismo. Pero también lo hace el conjunto periodístico que elevó el tema a problema nacional. E igualmente tienen que hacerse cargo de su frivolidad las gentes que dedican su tiempo, su indignación, sus arrebatos, sus llamadas a las radios, a una pelotudez semejante. Perdón por el lugar común, pero imaginemos toda esa energía “analítica” volcada a las cuestiones prioritarias de la sociedad. Más luego y más allá de ese hecho en sí, aparece, nueva y esplendorosamente, el desparpajo con que los medios colocan el tema. Si un Maradona y unos periodistas bastan y sobran para que vuelva a desaparecer, por ejemplo, “la inseguridad” (dicho de modo maximalista pero –cree uno– de semántica precisa), quiere decir que hay una conjunción entre lo que inventa/ubica el periodismo y lo que “la gente” debate. Hay que alterar ese paradigma. Es nefasto. Nivela para abajo. Acostumbra. Condiciona. Nos hace obedientes en lugar de rebeldes. Se trata de algo de eso cuando se habla de mejorar la oferta mediática, de abrirse a otras voces, de permitir nuevos actores. Con probar no se pierde nada. 10月18日 Padrino de guerraJohn D. Rockefeller creó el primer trust petrolero vertical: la Standard Oil. Mediante métodos poco ortodoxos arruinó a sus competidores estadounidenses y organizó la evasión fiscal de sus ingresos. Más tarde, aliándose a sus rivales BP y Shell, constituyó un cártel para dominar el mercado mundial. Financió como nadie la aventura militar nazi con la esperanza de apoderarse de los recursos de la URSS. Convertida en Exxon-Mobil, su compañía es actualmente la primera del mundo y subvenciona los think tanks [Centros de investigación, de propaganda y divulgación de ideas, generalmente de carácter político] neoliberales y las campañas electorales de los Bush.
10月14日 La democracia dentada Por Sandra Russo http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-133361.html La democracia dentadaPor Sandra Russo La ley de medios audiovisuales es muchas cosas además de la herramienta que nos permitirá sumar a las voces que ya conocemos muchísimas otras. No es el control remoto el que nos da libertad. La información no se consume como una cerveza o un champú que se eligen en la góndola del supermercado. La ley tiene más que ver con la oferta de más góndolas conteniendo muchas otras variedades de pensamiento y puntos de vista, que con el zapping tradicional. Ese zapping no es, hoy, un pasaje a la diversidad. Sin ir más lejos, el multimedios más grande ha tachado a Telesur de sus ofertas. No está en la góndola. Los dueños del supermercado han decidido que esos contenidos no serán puestos a consideración del abonado. Si eso lo hiciera un gobierno, sería censura. Si lo hace el sector privado, ¿cómo se llama? La ley de medios es un pasaje al acto democrático de una especie que no hemos conocido. Representa de manera precisa, también y por oposición, qué tipo de democracia tuvimos. Tan apacible. Tan domesticada. Cada parche, cada decreto, cada reforma de la vieja ley de radiodifusión tuvo su correlato de democracia desdentada. El poder se viene concentrando igual que los medios, y su eje es el poder económico. Para ser solamente crítico de un gobierno, como prefiere el rubro del “periodismo independiente”, y como quisieron muchos ejes argumentativos durante el debate, primero hay que lograr que el poder político sea en este país lo suficientemente libre del poder corporativo. La política que conocemos, de la que nos brotan los prejuicios, la que chorrea clichés y abunda en prácticas horribles fue la que le manejó las riendas a esa democracia amable del bipartidismo por la que ahora vuelve a predicar Eduardo Duhalde. Claro que teníamos un país previsible: se gobernaba para los factores de poder y se acataban los ajustes del FMI. Ningún sobresalto, salvo la pobreza estructural que no salió de la nada, sino del golpe de Estado del ’76 y de la Escuela de Chicago. A la derecha no le importa la pobreza, toda vez que la crea. Lo que quiero decir está anudado a un sentimiento muy íntimo, pero colectivo. Tiene que ver con una certeza, una predisposición, un ánimo de cambiar las cosas. Muchísimas personas que suelen identificarse con eso vago que se llama progresismo participan de ese sentimiento. Que hay que cambiar las cosas. Que lo que vivimos todos los días está fundado en algo injusto. Que de verdad hay que repartir más, que hay que ponerles límites a los poderes que desde que llegó la democracia le han ido sacando uno por uno los dientes para que sea inofensiva. Hay quienes creemos que la democracia puede ser un sistema regido férreamente por las reglas que fija nuestra Constitución, pero que eso no implica resignar el ansia, el anhelo, el deseo de un cambio. Y un cambio que toque estructuras. Algo que haga que las cosas sean otras. Ese ánimo es el que inspira a los Foros Sociales: “Otro mundo es posible”. La ley de medios rozó esa zona. La zona erógena de la democracia. La que con tropiezos, alianzas, negociaciones, militancia, bases y voluntad política es capaz de morder un pedazo de torta para ponerla al servicio de todos. Ya hemos visto y escuchado con creces a los que primero se azoraron y después se excusaron en el “todos queremos una ley de la democracia”. Ninguna ley de la democracia, ni siquiera la de una democracia mansa y domesticada, podría admitir que un solo grupo maneje 240 licencias. La concentración de medios es combatida en todo el mundo, en estos días, a la luz de saberes que hoy también se han puesto dientes. Fueron las Ciencias de la Comunicación y sus entrecruzamientos con otras disciplinas sociales las que desenmarañaron los mecanismos de control de opinión pública capitalistas. No es casual que desde los medios y la reacción conservadora se siga machacando con el viejo fantasma del Estado que prohíbe expresarse a la oposición. Dan el ejemplo de Venezuela, pero eso no sucede en Venezuela. Los medios privados insultan tanto a Chávez como aquí se insulta a la Presidenta. Eso no está ni estará prohibido. Espero que tampoco esté prohibido reconocerle a la Presidenta, incluso desde el orgullo de género, la entereza y consecuencia con la que llevó adelante lo prometido en la campaña electoral. Con esta ley, la democracia se vivifica tanto que vuelve a ser una herramienta para cambiar las cosas. Será útil recuperar esas preguntas que quizá quedaron atascadas en muchas biografías: ¿qué queremos que cambie? ¿Cuánto? ¿Para qué? Habrá que tenerlo presente de aquí en más. Porque finalmente de eso se vuelve a tratar todo: de acción y de reacción. Lecciones de la batalla por los mediosPor Rubén Dri * La larga y exitosa batalla que dieron los sectores populares y el Gobierno para dar a luz la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual dejó algunas enseñanzas que será bueno tener en cuenta para futuros combates. - Se construye desde abajo. Una ley de la democracia se construye democráticamente. Nos referimos a una democracia real que hoy se denomina “participativa”, lo cual en principio es redundante, porque si no hay participación no hay democracia. Pero no está de más el adjetivo por cuanto generalmente la democracia se ha vaciado de contenido al ser sólo “representativa”. La democracia necesariamente es representativa, porque la democracia directa como la pensó Rousseau se ha demostrado inviable como él mismo lo sabía, cosa que dejó aclarada en las propuestas que formuló para su aplicación en Córcega y Polonia. Pero si “sólo” es representativa se vacía de contenido. En efecto, la participación del pueblo que debiera ser el verdadero sujeto de la misma se reduce a poner periódicamente un voto en un sobre. Democracia es kratos del demos, es decir, “poder del pueblo”. Este, como sujeto colectivo actuando, debatiendo, decidiendo y proponiendo las leyes, velando por su aplicación, es el que hace que la democracia sea una realidad y no una mera formalidad. Recurriendo a la figura espacial, la “representación” conformada por los poderes del Estado se encuentra “arriba” y los movimientos sociales, “abajo”. El “arriba” en las democracias puramente representativas tiende a separarse totalmente del “abajo”, transformándose en un cuerpo con intereses propios. Cuando ello sucede, se aprueban leyes que no sólo nada tienen que ver con los intereses populares, sino que los contradicen. Es lo que sucedió en los ’90 cuando se aprobaron las vergonzosas leyes denominadas de “flexibilización laboral”. La “representación” debe responder a los intereses de los representados, pero para que ello suceda éstos deben actuar, hacer sentir su presencia, construir poder popular, poder que vaya de abajo hacia arriba, debatir, proponer. Las leyes serán favorables al pueblo cuando éste haya tenido verdadera participación en ellas. Es lo que ha sucedido con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fue producto de un largo proceso de debate en el seno de los sectores populares, radios comunitarias, pueblos originarios, organizaciones sociales y culturales, asambleas barriales, organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Serpaj, universidades, organizaciones estudiantiles, agrupaciones políticas, en una palabra, todo el espectro del campo popular. Tras este proceso, el Poder Ejecutivo presentó el proyecto a las cámaras legislativas, es decir, a los “representantes”, para que lo debatiesen y terminasen con la aprobación. La objeción de los grupos opositores en el sentido de que no tuvieron tiempo de discutirlo es, pues, una de las peores mentiras que se pudieran haber formulado. Si no lo debatieron, fue porque no les interesó. De esta manera, en el proceso de formulación de esta ley se ha hecho realidad la relación dialéctica entre arriba y abajo, representantes y representados, en un proceso de creación de poder popular. Con ello se ha dado un gran paso en la superación de la mera democracia representativa hacia la democracia participativa. Depende ahora, en gran parte, que los sectores populares continúen su lucha por hacer de esta ley una realidad viviente que haga sentir un verdadero concierto de voces con tonalidades diferentes. - La batalla por el lenguaje. En el paso del Estado feudal al moderno fue esencial la función cumplida por el lenguaje, según lo analiza Hegel en la Fenomenología del espíritu. En el Estado feudal el noble obedece pero mantiene a resguardo su propio juicio. Es el “orgulloso vasallo” cuyo lenguaje es el “consejo” por el bien universal. Se reserva su conciencia particular. Para el paso al Estado moderno fue necesario que el noble vasallo cambiase su lenguaje pasando del consejo al “halago”. El vasallo, que en el anterior Estado ejercía el heroísmo del servicio, dispuesto a jugar su propia vida en el campo del combate, pasa a ejercer ahora el “heroísmo de la adulación”, es decir, se transforma en cortesano dándole el yo o la conciencia al Estado y el poder real al yo, de manera que el monarca pudiera decir “el Estado soy yo”. En la concepción de Hobbes, los hombres se entregan completamente al Estado que lleva el nombre mitológico de “Leviatán”, ese monstruo marino de poderes asombrosos. Pero ese monstruo es, en realidad, una máquina. Le falta la conciencia, el convertirse realmente en sujeto, transformación que sólo puede realizarse por medio del lenguaje. Esa es la tarea que realizan los nobles al transformar el lenguaje del consejo en el de la adulación. La dialéctica de práctica y conciencia, práctica y lenguaje, atraviesa todas las luchas sociales. El triunfo o la derrota en el ámbito del lenguaje tienen consecuencias profundas para el resultado final de la contienda. El momento del lenguaje, que en el paso del Estado feudal al moderno realizan los nobles, actualmente lo cumplen los grandes medios de comunicación, entre los cuales la radio y la televisión junto con los periódicos cumplen la tarea fundamental. En la lucha que las patronales agrarias entablaron contra el Gobierno y los sectores populares el año pasado, la primera victoria que consiguieron las patronales fue la del lenguaje. De entrada, mediante el monopolio de los grandes medios de comunicación, lograron instalar la idea de que la lucha era del “campo” contra el Gobierno. El “campo” es un símbolo que mueve a la imaginación a dibujar románticas figuras campestres. El campo es el aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad, es el frescor de la brisa, el trinar de los pájaros, el perfume de las flores silvestres. Es el trabajador campesino que se levanta con el sol y con él se acuesta. Es el que proporciona el alimento a toda la población. Es todo eso y mucho más. Siendo así, ¿quién puede estar contra el campo? Media batalla ya está ganada. La superconcentración de tierra y riqueza, la explotación de la peonada, las evasiones, la manera como se adquirieron las tierras, las consecuencias para la salud que acarrean los fumigaciones, las superganancias, todo ello queda oculto bajo el manto del “campo”. En la batalla aún en curso por los servicios audiovisuales, las cosas se presentaron de la misma manera, pero esta vez el Gobierno y los sectores populares no dieron el brazo a torcer en la cuestión del lenguaje. Es necesario tener en cuenta que los grupos sociales y políticos enfrentados son los mismos que estuvieron en la lucha por la cuestión agraria, y la primera batalla se dio en torno del lenguaje. Los grandes medios que estuvieron en contra de la ley en cuestión siempre la nombraron como “ley K” o “ley mordaza” o “ley de control de medios”. De aceptarse este vocabulario, más de media batalla hubiese estado perdida. Los sectores de la “oposición” tuvieron siempre claridad sobre el problema, decididos a dar la batalla por el lenguaje. Pero esta vez, de parte del Gobierno y de los sectores populares no se cedió. La ley siempre fue designada con el nombre que le corresponde: Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esta ley otorga a los sectores populares un excelente instrumento para las futuras batallas culturales. Ya no se escuchará una sola voz que les pone nombre a esas batallas, sino que será un concierto de voces que permitirán a la población contrastar opiniones y hacer su propia evaluación. * Filósofo, profesor consulto de la UBA. 10月12日 Son ellos que son una verguenza.Los que piensan que la libertad pasa por TN,,son los que no asistieron al debate en Diputados. Son ellos los que accionarán en la Justicia para seguir amparados bajo la ley de Videla.
SON ELLOS ...LOS QUE NOS MIENTEN Y CREAN EN NUESTRA SOCIEDAD TODOS LOS PROBLEMAS QUE NOS TRANSMITEN....SON ELLOS LOS QUE MUESTRAN LOS FUEROS....!QUE LOS VERDADEROS FUEROS VIENEN DE LA CALLE PAVON!...SON LOS QUE NUNCA DEJARON DE SER LO QUE SIEMPRE FUERON ,AUNQUE NO SE DIGA... AUNQUE NO SE LEA....,AUNQUE NO SE ESCUCHE,ES UNA MANERA ,ESTA ,DE COMUNICACION, QUE EL GRUPO CLARIN,MANEJAMUY BIEN:MENTIR ES VIOLENCIA....Y CLARIN LO SABE....Y CLARIN LO HACE.SON LOS ACTUALES DUEÑOS DE LA BANELCO, PERDON DE LA NOBLE BANELCO.. SON EL EJEMPLO DE LA LIBERTAD,DONDE NOS DICEN QUE DEJEMOS MENSAJITOS LINDOS EN LA WEB DE TN....TENEMOS QUE ENTRAN EN SU PAGINA WEB,Y DEJARLES MENSAJITOS LINDOS,PARA QUE LUEGO SE CONVIERTAN EN MENSAJES NEGATIVOS ,Y TE LO MANDAN UNO TRAS OTRO,DESDE EL DESAYUNO A LA CENA,TODO NEGRO,TODO NOBLE. SON ELLOS,LOS MULTIMEDIOS, LOS QUE NOS TIENEN QUE GOBERNAR? SON LOS QUE AHORA SE VEN SIN FUEROS Y SE AMPARAN BAJO LA LEY VIDELA...SON UNA VERGUENZA. Aunque, para el caso, la única locura que se conoce es la de quienes no hacen otra cosa que dejar las cosas como están. Los que queremos cambiarlas, estamos un poco mejor. Peleamos, y esperamos, 26 años.
El fin de un cumpleaños
Por Eduardo Aliverti
No hay ninguna chance de término medio. La excepción son los que están verdaderamente jodidos, sin mayores o ninguna esperanza de mejorar alguna vez su calidad de vida. Los pobres en serio, los marginados en serio. Esos están en su derecho para decir que lo ocurrido les importa nada. El resto, la clase media, los profesionales, los factores de poder, los pequebú, los intelectuales, los que llaman a las radios para opinar de cualquier cosa, los militantes, los tilingos, los estudiantes, los taxistas, los profesores, los empresarios, los laburantes que zafan, los cuentapropistas, tienen que decidir dejándose llevar o pensando un poco. Entre las opciones para estar muy enojado hay que la aprobación de la ley sumó el voto de un senador tucumano defensor de la dictadura, parece que mandado por el hijo de Bussi para vengarse de que los grandes medios porteños trataran a su padre como el monstruo que es. Y con la correntina parece complicado no sospechar una Banelco, algo menos directa –pero no por eso menos pornográfica– que la determinante, en 2001, para que la banda radical aprobase la ley de flexibilización laboral. También se puede estar iracundo por creer que se acaba la Libertad, y conformarse suponiendo que ser libres es ver TN. Y hay los que, ¿con sinceridad?, creen que deben preocuparse por las cuentas afectadas del negocio periodístico. Se preguntan cómo harán Clarín y algún otro para desprenderse de tantas licencias de radio y televisión que les sobran, en el plazo que Clarín les vendió como tan corto. Y hay los que no le otorgan legitimidad a esta composición del Congreso, porque interpretan que la vida empieza el 10 de diciembre. Son los que no dijeron nada cuando bajo la rata se permitió a las grandes patronales de la prensa escrita cooptar emisoras de radio y tevé. Menos dijeron, desde sus provincias, cuando la bajada del satélite les acaparó sus ondas desde Buenos Aires (qué hubieran podido decir, como no remitirse a lo felices que están desde entonces, moviendo una palanca, para receptar por unos pocos pesos las programaciones porteñas, cuya futura y parcial falta descubren ahora como una afectación del federalismo...). Todos esos tienen que enojarse. Algunos porque son conscientes de que efectivamente hay, o puede haber, una amenaza para sus intereses. Y otros porque sienten que esos intereses son sus necesidades. Entre los que encuentran motivo para contentarse, hay los que se preguntan si esto será bueno pero tienen claro que no será peor de ninguna manera. Los que interpretan que la Banelco real o eventual de canje de favores es hecho accesorio y no principal (tampoco hacía falta, vistos los números finales). Hay los que advierten que detrás de poner en escena esa banelquización, o las patoteadas de Guillermo Moreno en Papel Prensa, se esconde la operación corporativa de desviar el eje. Hay los que asumen que ese eje es una ley mediática superadora de los Kirchner, porque, así rija la incertidumbre sobre las causas profundas que los llevaron a librar esta lucha, se la gana sobre un Poder en serio que no es el de “los políticos”. Hay los que toman como una falta de respeto hablar de una “ley K”. Porque esos ignorantes deberían saber, por lo menos, que esta herramienta es el producto de muchos años y mucha gente que peleó y aportó para cambiar un mapa mediático concentrado en manos cada vez más poderosas. Muchos años. Tantos como los que llevan las Banelco de los emporios periodísticos, luego multimedios y ahora megacorporaciones de negocios múltiples, en su incansable tarea de impedir que se derogase la ley militar, o en corregirle los aspectos que no los beneficiaban. Son ellos los que hoy vienen a hablarnos de que faltó tiempo de debate. Son ellos los que cedieron a todas y cada una de las presiones de la gran prensa para no promover proyecto alguno, a cambio del favor periodístico. Son ellos los que jugaron la plata del fútbol en la ruleta de las AFJP, para venir a decirnos que está en juego la libertad de expresión. Son ellos los que no asistieron al debate en Diputados. Son ellos los que accionarán en la Justicia para seguir amparados bajo la ley de Videla. Y resulta que se oponen a la nueva por las sospechas que despiertan los K. Si ese argumento es válido, lo es tanto como el hecho de que los generales mediáticos descubrieron la corrupción kirchnerista en marzo último, cuando se presentó el anteproyecto. Pero es extraordinario todo lo que siguieron descubriendo cuando encima se les cayó el fútbol. Antes de eso, si había corrupción mejor que no se notase porque fue el gobierno de Kirchner quien les renovó sus licencias por veinte años. Y si no lo hacía, no quieran saber toda la corrupción que habrían descubierto antes. Si los razonamientos son ésos; si lo que debe reinar es la prevención frente al autoritarismo gubernamental y su apetito por controlar los medios, entonces hablemos también del hambre de un resto que se conoce igualmente. Porque, si es por antecedentes, hay que sentirse escandalizado en su conjunto. Hubo que escuchar a los representantes de la dictadura mediática más extravagante del país, el emirato de San Luis, refugiarse en la protección de la libertad de prensa. Como hubo de registrarse, en la cita del régimen federal violado y de la ausencia de algún instrumento que controlase la pauta publicitaria oficial, a representantes de las prebendas de los estados provinciales, que sostienen la sección de las programaciones locales en trueque por el favoritismo político-electoral. Del resto, para no gastar en producciones propias que resignifiquen el acervo social y cultural de sus aldeas, se encarga la palanquita que baja los canales y las AM y FM de Capital para que el interior no se pierda detalle de los cortes en la 9 de Julio o de los apasionantes debates sobre inseguridad en el conurbano bonaerense. Se consolidó la posibilidad de un Gran Relato que intenta fijar límites novedosos y desnudar cinismos. Como lo señaló Ricardo Forster en su homenaje al enorme Nicolás Casullo, de cuya muerte se cumplió justo un año, esto forma parte de una anomalía que se opone a las repeticiones de lo mismo. Los detalles a ajustar son apabullantes, pero está transparente que si nada concluyó hay algo que puede empezar. Dar la batalla por un discurso menos hegemónico, competir en la producción de realidad con nuevos actores, que las organizaciones sociales tengan sus radios, que haya formación intelectual en los profesionales de los medios y que sus prerrogativas deban ser respetadas, que no desaparezcan ni caras ni voces pero que puedan aparecer otras. Lo resume mejor esa frase serratiana de preferir al sabio por conocer que a los locos conocidos. Aunque, para el caso, la única locura que se conoce es la de quienes no hacen otra cosa que dejar las cosas como están. Los que queremos cambiarlas, estamos un poco mejor. Peleamos, y esperamos, 26 años. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-133339-2009-10-12.html ?REVIVIRLAS ,Y ENTENDERLAS.Por Horacio GonzálezA la manera de Casullo
Por Horacio González *
Con la ley de medios audiovisuales ya aprobada –escribo esto luego de la transmisión televisada de la votación en el Senado–, creo que es necesario recordar algunas de las cuestiones que atravesaremos de ahora en más. Empleo el término “cuestiones” recordando precisamente el título de uno de los libros de Casullo, a mi juicio su trabajo maduro y excepcional, que en sí mismo representa una de las vetas de la pregunta sobre “el intelectual”, que según se lee en ese mismo libro, vale la pena saber si se va a mantener en los mismos términos que en la época de Voltaire o de Thomas Mann, o bien se extinguirá como palabra repudiada y vencida. En primer lugar, me gustaría recordar brevemente el artículo “La revolución como pasado”, que en sí mismo es un libro dentro del libro póstumo de Casullo, Las cuestiones. Ahí, escribe un texto fundamental de la cultura crítica argentina, que si hubiera venido traducido del francés o escrito por otro autor de mundos intelectuales más notorios que el nuestro –no es necesario ejemplificar con nadie en especial– estaríamos todos citándolo en sus más mínimos destellos. En ese artículo, con su escritura con ritmos que periódicamente se expresan en cascada para luego volver a la calma, Casullo reescribe el panorama completo de la cultura revolucionara del siglo XIX y el que le sigue –Marx, Proudhon, Lenin, Kautsky, Trotsky, Sartre–, como si explorara un planeta vacío de hombres y de actualidad, pero que ofrece una viva y seductora nota antropológica. Una arrebatadora cultura extinguida. ¿Pero se dice eso para denostar, prescindir, rehusar? Todo lo contrario. Harían bien en leer este escrito los hombres que dignamente llevan hoy esos signos y son portadores de ese lenguaje. No se trata de examinar despectivamente la cultura de esa lengua que permanece sugerente pero talada por dentro, sino, primero, de contarla en sus más emotivas facetas ya sucedidas. Hacer la “crónica”. Casullo llamaba crónica a los pensamientos enteros, en su máxima tensión, pero con su narrativa interna intacta. Y esa crónica es fascinante, caudalosamente conmovedora, pero de una conmoción heroica, sin llanto ni demasía. Justo cuando se cree que Casullo mira detrás un pilón de ruinas, es que usa el sortilegio de la crónica para –en lo escrito– reavivarlas. Pero en segundo lugar, se trata de descubrir el destino de una época y desbrozar el tema esencial de estos escritos casulleanos: ¿qué cosa es un cambio de época? No conozco entre nosotros escritos mayores a éste para definir esta cuestión rampante de la filosofía del siglo XX. Casullo no era un historicista, por eso cada hecho que relataba con su destreza de novelista tenía que permitir que se extraiga de él toda su esencia. Así interpretado, cada hecho quedaba como un icono solitario en la historia: los populistas rusos, el monóculo de Bernstein con su socialismo de salón de buen burgués alemán, el marxismo con su escisión dramática entre su sujeto lector proclamado y los lejanos lectores reales. Específicamente, los aparatos de vulgarización del marxismo durante más de un siglo, establecieron un drama humano e intelectual de la convivencia de esos escritos filosóficos con los públicos urbanos y fabriles reales, tema desolador que así como lo presenta Casullo, nadie en nuestro país lo había estudiado en su capacidad de definir una cuestión de honda actualidad: el de los mediadores culturales. Es así, pues, que cambian las épocas en cada acontecimiento con la suficiente fuerza metafísica –emplea, sí, este concepto, pues con él ve el reflejo intenso de cada época en lo apenas intuido por millones de hombres–, fuerza y acontecimientos que sin que se lo advierta, hacen de la verdad profunda del mundo histórico que vivimos algo desapercibido, pues siempre hablamos de otra cosa. ¿Qué es lo que no percibiríamos? Los alcances humanos de la “apoteosis tecnológica”, en la que el mundo comunicacional que hoy conocemos y sobre el que se plantea una nueva legislación, es su gema más autóctona. ¿Pero era Casullo un apocalíptico o un antitecnológico? No, porque lo que quiere es ver en qué condiciones, un mundo de signos nuevos aloja las viejas cuestiones. Esto es, la antigua forma de la cambiante creación humana, cómo se desenvolvería ahora en tiempos en que la “utopía tecnológica e informática” ya ha creado lenguajes propios, en parte expropiados del bagaje revolucionario anterior, dejando ante la realidad de su propio candor a los que creen –como creyeron los revolucionarios rusos– que los eventos de un tiempo de cambio ideológico bastaban para tranquilamente heredar la tecnología existente. Ahora quizás es al revés: las tecnologías poseen una verba oculta en que no poco se percibe que ellas heredaron –como vicarias astutas de su propia razón amortiguante–, las consignas memorables de la revolución. Dicho esto, la obra de Casullo se lanza a investigar, siempre con su lenguaje autocreado (necesario para hablar de lo que se habla: precisamente, quiénes hablan o hablarán el lenguaje de la emancipación), qué cosa se puede hacer. Eso mismo investiga: qué nos está dado realizar, pensar, comprometer, ofrendar, hacer. En su crónica de los años de la utopía social revolucionaria, había seguido agudamente la manera en que ésta se iba reconociendo en un tiempo escatológico, como la audaz inmanencia de un reino mesiánico que, aunque se pugnaba por sofocar, en no poco favorecía las versiones populares del gran cambio teorizado como si éste en verdad fuese apenas una ciencia, una razón científica. Recogiendo así los idiomas de lo teológico-político, concepto que al cabo se halla en las más importantes obras de la modernidad, por supuesto en Benjamin y Schmidt, pero en esencia en los mayores filósofos modernos desde hace más de cuatro siglos, Casullo se propone entonces una empresa de estatura benjaminiana. Pero sin que Benjamin sea una cita ni una bandera ni una conversación erudita, ni un mendrugo de una clase con parcial y final bien dados. Es un Benjamin asimilado secretamente y puesto de otro modo, silenciado en su idioma mesiánico, para pasar a ser escrito de otro modo, que lo desmantelaba y lo volcaba en los odres de “nuestra crónica argentina”. No es necesario ya decir su nombre y hago yo mal en escribirlo. Porque la pregunta casullística es si algo de aquella época que ofrece su valiente museo sin querer ser pieza arrumbada, puede volver a rozarnos. La respuesta es que eso es posible, pero en nuevas condiciones, que habrá que escribir y pensar. De ahí la necesidad de inventar la lengua para decirlo, de ahí la necesidad de debatir las nuevas condiciones producción del lenguaje, de la construcción de museos de objetos y de lenguas, de la publicación de libros, de ahí el conjuro que nos es necesario para que adquieran otra forma los recursos filosóficos y literarios con los que contamos, para actuar ahora en otro tipo de civilización, que ha creado sus nuevos idiolectos deterministas en los que estamos inmersos. Me refiero a la circunstancia humana, lingüística y metafísica que llamamos creación de imágenes comunicacionales y pasaje a un estadio de vulgarización general de toda la cultura social humana. ¿Cómo hablar, pues? Esa es la cuestión, la cuestión de las cuestiones. El lenguaje de Casullo, que para muchos parecía no ser apto para la política, se preparaba para indagarla en sus puntos extremos. Una ley no trata estos temas ni debe tratarlos. Muchos se asustan porque cuando aparecen los síntomas de una nueva libertad, es ahí donde la perciben vulnerada, sin interpretar que la sociedad argentina, o ensaya un nuevo lenguaje para tratar sus cuestiones, o desfallece y se extingue en la rusticidad y la perogrullada. Habrá nuevos compromisos y controversias duras. Y los combates en torno a la ley de medios, serán muy pronto debates sobre nuevos idiomas comunicaciones, nuevas críticas a las banales retóricas que nos agobian, para que la civilización argentina, construida a través de desgarramientos, frustraciones y grandes utopías varias veces centenarias, comience a renovar su lengua aterida y su vigor intelectual. La obra de Casullo, en su lectura, es uno de los recorridos para enfrentar estas cuestiones. El vio, intuyó, miró en sus últimos tiempos, la pregnancia de lo sagrado y se mantuvo prudente y tiernamente evocativo frente a ese “pensar sin tiempo” de lo religioso, que describió como una de las rapsodias de su niñez. Una ley, como ésta fundamental que acaba de aprobarse, es una ley y sus circunstancias. La obra de Casullo es una de esas circunstancias, que incumbe a nuestra actualidad atravesar. * Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional. 10月3日 Maquiavelo Por Sandra RussoFuente: Pagina 12
Por Sandra Russo
Quizás en el debate público por la ley de Medios hay un gran ausente, que el conflicto de Kraft viene a recordarnos. Un saber y hacer ausente de la discusión, pero presente en la intensidad o inexistencia de muchas coberturas periodísticas. Se trata de la comunicación corporativa. Esa ausencia probablemente se deba a que esta ley fue concebida bajo los parámetros de la Comunicación Social. Pero hasta la poca conciencia que en general se tiene de la comunicación corporativa, y de sus alcances, no hace más que develar uno de sus atributos: las corporaciones tienen políticas de medios y son esas políticas las que muchas veces los medios hacen propias, en los peores casos asimilándolas a su línea editorial, convirtiendo a sus oyentes, espectadores y lectores no sólo en rehenes del mercado, cosa que hacen a través de la publicidad, sino que los convierten en ciudadanos que inclinan sus opiniones a favor de las empresas, también y sobre todo cuando atraviesan conflictos gremiales. Ahí, en ese punto de entrecruzamiento de roles e intereses, el oyente, el espectador o el lector son sujetos políticos a disciplinar: la buena imagen de la empresa se obtiene a expensas de la mala imagen de los trabajadores. En la crispación generalizada que provocan en la clase media los cortes de calles o rutas, la comunicación corporativa ya comenzó a trabajar. Ese talón de Aquiles no fue siquiera rozado por los grandes medios cuando al corte de rutas, y durante larguísimos meses, los sojeros añadían el control de policía sobre el transporte de carga. El martes, en pleno estallido de la crisis de Kraft, se le pudo ver la cara por televisión a Pedro López Matheu, quien hasta entonces permanecía en el extraño anonimato de ser el ejecutivo a cargo de los Asuntos Corporativos y Gubernamentales de Kraft para el Cono Sur. Fue uno de los delegados de la fábrica el que en medio de una entrevista reveló para el público que ese mismo hombre había sido uno de los que manejaron los recordados despidos de Clarín. Esas son las grietas. Esos son los imponderables. Un delegado de Kraft es entrevistado y suelta exactamente lo inapropiado. En el último número de la revista digital Imagen, “la primera revista de habla hispana de comunicación institucional”, hay un artículo muy interesante. La revista es dirigida por Diego Dillenberger, un economista con sólida formación intelectual, ex Ambito Financiero, que conduce un programa por P+E llamado La hora de Maquiavelo. La nota en cuestión, con mucha producción pero sin firma, se titula “La crisis de Kraft reaviva el debate: qué perfil deben adoptar las empresas para defenderse en los medios de los ataques sindicales”. Ese título fue reelaborado cuando la nota fue levantada en el diario digital BNW Patagonia, el más visitado del Sur argentino, y en ese segundo título se interpreta: “Crisis de Kraft y ley de Medios: dos temas diferentes que, sin embargo, se mezclan”. Qué curioso. Todavía no se han mezclado en los medios. Todavía, y con esta ley vigente y con medios concentrados, este debate no puede salir a la luz. Todos los tanques argumentativos caen sobre la publicidad oficial, sobre la que ya se anunció en el Congreso la intención de discutirla y enmarcarla en otra ley. Pero ni una palabra de los alcances y los límites que debiera tener la comunicación corporativa en una sociedad democrática. En ella, los ciudadanos deben ser protegidos de abusos estatales, pero también de abusos del sector privado. Deben ser protegidos de todo tipo de abuso o manipulación. Los términos de las discusiones que planteó el sector más duro de la oposición, así como los spots institucionales de TN, describen una escena en la que la libertad individual se ve amenazada por las arremetidas gubernamentales o estatales. Pero hace años que no nos dedicamos más que a aplacar las heridas que dejaron las políticas neoliberales, y ahora estamos sufriendo las esquirlas del estallido de esas mismas políticas en el centro del sistema global. Todo ese daño lo hizo el sector privado. En la revista Imagen, cuyo nombre es una manera de ver el mundo, en la nota antes citada, la crisis de Kraft es descripta como “una de las crisis empresarias más graves de la Argentina en décadas, y los expertos en comunicación la están analizando cuidadosamente en prevención de eventuales contagios”. Hay una polémica entre los consultores corporativos sobre cuál es la política de medios que le conviene a Kraft, ahora que “un grupo de obreros izquierdistas tomó una planta que Kraft le comprara a la tradicional Terrabusi durante más de un mes, cortó la estratégica autopista Panamericana y calles de la ciudad de Buenos Aires. Sus acciones fueron ocupando las pantallas de la TV durante días, mostrando una intransigencia desconocida hasta ahora por grupos sindicales de izquierda y tolerada por las autoridades argentinas hasta el pasado fin de semana”. No se menciona la palabra represión. A partir de ahí, la pregunta es si a Kraft le conviene seguir planteando el perfil bajísimo que mantuvo hasta ahora o embestir con otros contenidos. Uno de los consultados, Federico Baraldo, dueño de la consultora ICC Baraldo, que “conoció las crisis de los violentos ’70 desde la gerencia de la FIAT”, defiende el perfil bajo. “La empresa trató de mantenerse al margen del primer plano hasta que la crisis creció. Hicieron bien en dejar la decisión a las autoridades. Es lo que hay que hacer ante un gobierno que detesta que las empresas se expresen abiertamente en los medios de manera crítica. El vocero está trabajando prolijamente”, dice sobre López Matheu. Celebra que no se “sobreactúe la comunicación” y elogia la solicitada de la corporación norteamericana: “Las solicitadas son malas piezas de comunicación, pero ante las derivaciones jurídicas de estas crisis son necesarias”. Un consultor crítico con el manejo de medios que está haciendo Kraft, y que “pidió estricto off the record”, opina en cambio que “son demasiados los mensajes negativos sobre la empresa en los medios”, y afirmó que sin levantar el perfil se podría “revertir la negatividad, abriendo más canales hacia los medios”. En la misma línea pero más indignado se muestra Juan Carlos Lynch, dueño de la consultora RFB Lynch Partners, que en su blog escribió una nota titulada “País gallina”, en el que se pregunta: “¿Dónde está la oposición, dónde la dirigencia empresaria, por qué Kraft está sola?”. Luis Cagliari, CEO de Ogilvy PR, “un ex Renault que vivió tomas de planta en los ’90 contra esa compañía”, recomendó que la empresa tenga más voceros. ¿Más señores como López Matheu dando entrevistas en los medios? No. “Sería bueno que salgan por los medios a hablar otros damnificados por el paro, como los empleados que quieren seguir trabajando. Necesitan más voceros en los medios.” El propio López Matheu aparece consultado en la nota. Declara que “el conflicto cobró más relevancia debido al enfrentamiento entre el gobierno de la presidenta Cristina Kirchner con los medios”. En ese sentido, dice López Matheu, “la cobertura de los medios de la crisis de Kraft también se ve influenciada por el debate de la ley de Medios. Mostrar la crisis es una forma de demostrar la conflictividad imperante”. Mientras se recalientan los debates sobre la ley de Medios y los senadores y los periodistas gritan todos juntos, de pronto el escenario proporciona una repentina piedad por los pobres, que sin embargo ya veremos cómo pronto muta en una irritación general opositora que esta vez exhibe un marco económico, social y político generado en los últimos años. Ya no el paisaje piquetero sino el paisaje de trabajadores que no quieren volverse a caer del bote. Este país con una pobreza lacerante, pero también con obreros y leyes laborales imperantes, es el que hay que entrever en las pantallas, dedicadas con fascinación a mostrar “caos”. Un país en el que la seguridad jurídica también esté del lado de los trabajadores. 10月1日 USTED SE OLVIDO DE LO QUE VIVIMOS CADA 7 AÑOS/ENTONCES SU MUSCULO CEREBRAL SE LE ATROFIOAhora le tocó a la Revista 2010En un comunicado su Director, Juan Manuel Fonrouge, denuncia que la página de la revista fue dada de baja sin previo aviso por la empresa mendocina Host Rentable, que aloja la web en su servidor.
La empresa Host Rentable, mediante un correo expresa que “desafortunadamente por determinación de nuestro NOC center nos vemos en la obligación de suspender definitivamente su cuenta en el servidor”, y su vaga justificación radica en que “se han detectado una serie de anormalidades en algunos servicios”, sin dar mayores especificaciones. En el comunicado de la Revista 2010 explica: “la justificación del Hosting fue que utilizamos nuestra cuenta de correo para enviar spam. Algo falso, ya que venimos enviando desde hace 3 años la misma cantidad de mails, una vez al mes a los mismos contactos de siempre”. Al consultar el contrato de la empresa, P&M comprobó que en ningún lado contempla la posibilidad de dar de baja la página ante una eventual violación de los términos y condiciones del servicio. En relación al envío de “correo basura”, la empresa especifica que será cerrada la cuenta de correo (que también se brinda contratando el servicio). Los antecedentes La Cooperativa Panorama, que edita la Revista 2010 y Política & Medios, ha desarrollado también el portal NoticiasMendoza.com, este último sorprendentemente atacado desde las páginas del Diario UNO, propiedad del multimedio Vila-Manzano en una nota del 20 de septiembre pasado. También hay que recordar los impedimentos para distribuir el número de la Revista 2010 de noviembre del 2008, donde el título de tapa fue “Apropiación de bebes Vip”, que publicó un extenso informe sobre la forma en que la justicia ampara a Ernestina Herrera de Noble para que no se sepa la identidad de sus hijos apropiados que también estaba alojado para poder leer, bajar y multiplicar en el sitio web censurado. .
El Director de la Revista 2010 expreso que, “si en un momento dudamos del trasfondo de todo esto, ahora no tenemos dudas de que fue un acto de censura... al igual que lo hicieron con varios blogs, y con portales de información, utilizando a su ejército de abogados y sus conexiones económicas con otras empresas, buscando acallar las voces contrarias al monopolio informativo".
. Si algo parecen tener en claro estos monstruos multimediáticos es que no hay enemigos pequeños. Lo bien que hacen.
9月30日 Represión y magnicidio Por Sandra RussoPagina 12
Por Sandra Russo
Desde hace tres meses es posible seguir con algún detalle la situación en Honduras sólo con la ayuda de Internet. Prácticamente no hemos tenido crónicas desde la resistencia. Ese prolongado, persistente e increíble gesto colectivo de nunca, ni por instante, dar “por hecho” el golpe, o resignarse. Ese gesto de millones es ahora un gesto heroico. En América latina hemos tenido muchos golpes de Estado, pero pocas veces o ninguna un pueblo reaccionó con la decisión del hondureño. En 2002, los venezolanos pudieron revertir el golpe con mucha más rapidez, ya con unas fuerzas armadas en parte seducidas con el acople a un nuevo orden político. En blogs, en diarios digitales, en correos reenviados, es posible reconstruir las voces de quienes están dentro de la pesadilla. Y también es posible escuchar sus miedos. Puede que sean fantasmas, o puede que sean presentimientos. Como fuere, con la deportación de los funcionarios de la ONU y la OEA, con el ultimátum dado al gobierno de Brasil, con las armas químicas usadas contra los ocupantes de la embajada, con los miles de detenidos en los estadios de fútbol, con los discursos en inglés, cierto rasgo borderline se insinúa en la cúpula golpista, que incluye a civiles y militares. En algunos testimonios de intelectuales hondureños que circulan en medios alternativos es posible advertir que el magnicidio constituye el peor temor de la resistencia, y que creen a los golpistas capaces de todo. El día a día hace cada vez más verosímil lo exagerado. Desde las bases, en los barrios, entre la gente que puebla las manifestaciones diarias contra la dictadura, recibí un correo. De su lectura se desprende por qué es necesario publicarlo. Lo escribe una joven encerrada en su casa de Tegucigalpa. Está escrito con mucho miedo. El pueblo hondureño es hoy el enemigo interno de esta absurda patrulla perdida de la Escuela de las Américas. ¿Será eso? ¿O será una patrulla piloto para inaugurar un ciclo? El correo dice: Andrea: nos acaban de avisar que van a realizar un corte de energía por 48 horas a partir de las siete de la noche en el territorio nacional, así que no podremos salir a comprar comida, ni nada. Van a sitiarnos. Desde San Pedro Sula reportan que los militares se han metido a las casas a sacar a la gente que venía de la manifestación. Mi hermana, que es dirigente magisterial, está golpeada, pero pudo llegar a su casa. El ejército está en los barrios y en las colonias entrando a las casas, así que estamos esperando, y listas. En San Pedro Sula están deteniendo a la gente y encerrándola en el estadio Olímpico. Aquí, en Tegucigalpa, en el estadio Chochi Sosa (al más puro estilo Pinochet). El ejército está entrando en los hospitales, sacando a la gente. Necesitamos estar conectadas, por favor difundan esta noticia, difundan que estamos en peligro de ser detenidas, lo de la entrada a los hospitales, la detención de la gente. Si no pueden comunicarse por esta vía, porque no sabemos qué viene, traten de comunicarse a los celulares. Un abrazo, desde el amor, el temor y la resistencia. Jessica Mientras tanto, en los ámbitos académicos de la resistencia, otras voces dan la mirada macro. Leticia Salomón es directora de Investigación Científica de la Universidad Autónoma de Honduras. Ha circulado un artículo suyo en el que afirma que hay diez familias en el nudo del golpe de Estado. Lo mismo afirmó hace poco el presidente Zelaya en declaraciones a la CNN, y responsabilizó a esas diez familias por su seguridad. Leticia Salomón explica por qué esta reacción salvaje del gobierno de facto puede llegar a consecuencias terribles si no se lo detiene. “Es conocido nacional e internacionalmente que detrás del golpe de Estado hay una alianza política, económica, mediática y religiosa que es la que promovió, financió y sostuvo el golpe de Estado. Están ahí, se muestran o se ocultan y mueven su poderío para impedir la restitución del presidente Zelaya. Su comportamiento es irracional, absurdo y casi demencial. No dudo de que serían capaces de llevar al límite sus miedos, sus mentiras y sus fantasmas.” Ricardo Arturo Salgado es investigador social. Escribió una nota que leí en el periódico digital Rebelión, cuyo título es “Honduras: la obstinada intención del régimen de facto por matar a Zelaya”. Salgado escribe desde su propia conmoción. El regreso de Zelaya obligó a acelerar todos los niveles de la organización de la resistencia. Pasaron pocas horas hasta que se desató la cacería sobre ellos. La impunidad con la que los golpistas están violando las reglas diplomáticas espanta a los hondureños, cuyo única esperanza es la visibilidad internacional de lo aberrante. El mundo ve, el mundo está en contra del golpe, el mundo condena. Pero en su casa está Jessica, despidiéndose por mail de su amiga argentina, gritando que necesita seguir conectada, que se difunda, que se sepa lo que pasa. Es la desesperación de la incomunicación, sumada a la impotencia de ver cómo en los medios hay cómplices que callan. Dice Salgado: “La sola reacción fascista demuestra que el huésped de honor de la embajada es un elemento que no sólo les importa y los incomoda, sino que es necesario quitarlo del camino, contra reloj, en un plan para liquidar el problema”. En la embajada hay cien refugiados. “Es realmente ridículo ver cómo la ONU llega con los víveres y un sargentón los manda de regreso sin que ellos puedan hacer nada”, escribe Salgado. Hay dos servicios sanitarios para todos. Han arrimado allí armas sofisticadas, como cañones del dolor, químicos que producen diarrea. La primera dama Xiomara Castro denunció un ultrasonido que les provoca jaquecas y olores que los descomponen. La entrada de agua la maneja el ejército. Y escribe Salgado: “A nosotros sólo nos queda el recurso de la denuncia a través de medios alternativos amigos. En muchos casos, cuando hemos denunciado acciones y planes para concretar el magnicidio, se nos han pedido nombres de fuentes, pruebas de lo que decimos. Señores, la única prueba que podría darles, eventualmente, serían los cadáveres que ya suman cientos. Para nosotros es difícil poner fuentes al descubierto, pero los medios amigos deberían entender que una denuncia no es una noticia; la denuncia todavía representa la esperanza de que se eviten las monstruosidades de los fascistas; una noticia es la presentación de un hecho consumado”. 9月23日 Y VOS TENES ALGUNA DUDA?
www.copani.com. ar 9月18日 ‘NUNCA TANTOS HABÍAN SIDO INCOMUNICADOS POR TAN POCOS’
ENTREVISTA A EDUARDO GALEANO“YA NO ES NECESARIO QUE LOS FINES JUSTIFIQUEN LOS MEDIOS. AHORA, LOS MEDIOS, LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN, JUSTIFICAN LOS FINES DE UN SISTEMA DE PODER QUE IMPONE SUS VALORES EN ESCALA PLANETARIA. EL MINISTERIO DE EDUCACIÓN DEL GOBIERNO MUNDIAL ESTÁ EN POCAS MANOS.” SOBRE LA GLOBALIZACIÓN 9月17日 Argentina: Gauchaje transgénico.La expresión "el campo" se ha tornado un moderno eufemismo que menciona a la tierra no como espacio de la existencia, sino como medio de generación de riquezas económicas privadas.Emiliano Bertoglio | Rebelión |
En nombre de "la gente de campo" se justifica la expansión de un sistema de explotación del suelo que no contempla la existencia social dentro de las infinitas latitudes de la tierra. El monocultivo de especies transgénicas, viabilizado y consolidado como modelo incuestionable de la relación hombre-entorno, anula toda diferencia y erosiona los sustentos de la vida realmente rural que empresas, grandes terratenientes y medios de comunicación dicen defender. Hay en Argentina cada vez más campo cultivado –y se habla cada vez más de "el campo"- y paralelamente queda cada vez menos espacio para la vida rural y sus prácticas genuinas. La vida cambia cuando se va a caballo de Monsanto, Dekalb o Bayer (léase producción de especies genéticamente modificadas) . Es ya demasiado evidente que la aún irresuelta antinomia gobierno nacional / sector agropecuario- pampeano está netamente atravesada por el interés económico de cada parte, antes que por corresponder cada posición a paradigmas ideológicos inconciliables entre sí. Pues, tanto una como otra postura promueven y se favorecen con el modelo de explotación de la tierra que busca maximizar las ganancias independientemente de los costos sociales y ecológicos de ello. Los precios internacionales de los cereales han acentuado en el país el proceso de "pampeanizació n" hacia zonas hasta el momento ajenas a estos parámetros. Y en nombre de "el campo" se tala el monte nativo, se lo incendia y en su lugar se impone una especie gestada en laboratorios [2] . En la estandarizació n de este modelo productivo que no considera como obstáculo la modificación violenta del entorno natural se halla la razón de la nueva oleada de desruralizació n de los cercanos veinte años (último efecto migratorio que combina éxodos voluntarios y forzados); de la reciente despeonizació n del trabajo rural; de la creciente concentración de la propiedad del espacio (formación de pooles de siembra). La expresión "el campo" se ha tornado un moderno eufemismo que menciona a la tierra no como espacio de la existencia, sino como medio de generación de riquezas económicas privadas. La exacerbación de la lógica del mercado, que busca la renta ilimitada, escinde al trabajo de la vida [3] . Y así no es posible la consciencia de la materialidad que permite la realización de dicha vida. Los grandes medios de comunicación que comparten los intereses "ruralistas" –muchos por el inestimable apoyo de la publicidad de empresas productoras y/o comercializadoras de insumos para el monocultivo de especies transgénicas- recurren a la memoria de el hombre de campo: ese sujeto forjado en el duro trabajo de la tierra, de principios nobles e incorruptibles, hoy transformado en mártir por los siniestros designios presidenciales. La retórica de la expropiación ilegítima, utilizada para justificar la actual oposición al Poder Ejecutivo, se nutre de los supuestos valores telúricos. Actualizados para la oportunidad por "dirigentes agrarios" y empresas informativas, ellos ayudan a despertar y potenciar elementos latentes en la consciencia popular. Pero en términos rigurosamente sociológicos, aquel paisano es cada vez más inexistente en términos "reales". Salvo los pocos que aún viven-resisten monte o tierra adentro, lo campesino subsiste casi como tipo ideal, pues el modo actual de producción prescinde de sus brazos y de sus saberes. La recuperación y promoción de folclorismos –mostrados como símbolo de la vitalidad de lo "criollo"- simplemente ornamentan los reclamos de cientos de terratenientes que no pueden imaginar, ni por asomo, los "históricos padecimientos del hombre de campo" a los cuales aluden diciendo encarnar. Lo gaucho es hoy una leyenda des-significada de sus esencias: el consumo cultural de atuendos "artesanales" (texturas, formas y colores repetidos industrialmente) , prácticas y acordes supuestamente representativos de una forma de vida –y manifestados en exposiciones "rurales", micros mediáticos, por el mercado en general- minimiza la identidad a manifestaciones desinterpretadas de su contexto original de producción. A la vez, son reinterpretadas –ahistóricamente- como constitutivas de un mundo de dudosa existencia fáctica, ya que se hallan abismalmente distantes de las propias al momento actual. Sumada a esta retórica de la expropiación ilegítima que multiplican periódicos y pantallas, y también alimentando las "identidades de la gente del terruño", se da una revitalizació n de la cultura nativa quizá menos inducida que aquella, pero reducida a espectáculo de acceso circunstancial. Una y otra vez, los "folcloristas" repiten anacrónicas canciones (y otra vez las "academias tradicionalistas" ponen en escena sus danzas, desprendiéndolas del suelo primigenio). La mercantilizació n de todas estas expresiones permite la sobreexistencia únicamente de aquello que no cuestiona al sistema productivo y sus lógicas de explotación del sujeto y de dominación del medio natural. Queda cada vez menos flora y fauna autóctonas, pero no se puede concebir que un paisano hijo de esta buena tierra no tenga su mesa de algarrobo o su alfombra de piel. No hay micro radial de cotización de cereales –mercado de Chicago- que no esté acompañado por los sonidos de zambas y chacareras que rememoran –paradójicamente- al monte y sus animaladas, hoy minorizados para ceder más espacios a la oleaginosa de oro devenida en motor del progreso en la nueva Argentina "granero del mundo". La tierra está cada vez más concentrada en menos manos (incluso, extranjeras) , necesita cada vez de menos mano de obra y, sin embargo, "el campo" es promocionado como factor de empleo y desarrollo nacional. Por otra parte, ¿se puede hoy cantar –o escuchar- un poema que se precie de reflejar las vivencias de la tierra sin denunciar al sistema que a través de la homogeneizació n inherente a su lógica atenta contra lo verdaderamente autóctono? Y así, ¿cómo comprender estas contradicciones entre el modelo de trabajo impuesto como hegemónico y la recuperación de supuestos valores de la ruralidad (opuestos a él) que habrían de representarlo? El espacio y la forma de intervenir sobre él se internalizan. El sustento de la existencia, mutado, muta las identidades. Éste es el "gauchaje" transgénico del siglo XXI: reducida la tierra a espacio de producción material, se allana toda diferencia con ello (termina de desaparecer de esta manera lo campesino, lo gaucho, e incluso, lo indio). Cuestionar los agronegocios –el cultivo con fines netamente comerciales de especies transgénicas destinadas a alimentar automóviles y animales faenados para el sobreconsumo- no implica necesariamente proponer una regresión cavernaria a los primeros momentos del hombre. Pues quienes habitan un contexto ya fuertemente modificado por las lógicas de la "siembra industrial" deben reconocer que "Aún hoy la mitad de la población mundial cultiva la tierra, y en sus tres cuartas partes lo hace a mano" [4] . Complementariamente , "el 75 por ciento de las tierras argentinas se volvieron áridas. Y cada vez se degradan más y más […] Sólo el 25 por ciento es la pampa húmeda" [5] . Contrariamente a lo que parece acontecer en el país, además, "el núcleo de las políticas antiimperialistas actuales […] se encuentra en los campos de la periferia" [6] . Sustituir la mirada caníbal del crecimiento ilimitado e inmediato que vitaliza el dinero pero que mata la vida por la ancestral sabiduría de la paciencia, de la sobriedad en el consumo, de la percepción y la necesidad de la multiplicidad: acaso sea ésta la clave más ineludible y urgente en este pequeño lugar del Universo, en este frágil momento de la existencia humana. Emiliano Bertoglio Rebelión [2] En las últimas décadas, las peculiaridades de la conformación del sistema agro-alimentario global consolidaron fuertemente al sur del mundo como productor de materias primas, que en el mercado aumentaron su dependencia y desarrollo respecto de otras naciones. La periferia, además, fue subordinada a las lógicas comerciales de las grandes empresas privadas productoras de semillas de alta tecnología, productos químicos y equipos para la agricultura. Sam Moyo y Paris Yeros, El resurgimiento de los movimientos rurales bajo el neoliberalismo. En Recuperando la tierra, de Moyo y Yeros (coordinadores) (Ed. CLACSO. Buenos Aires, 2008). [3] Ana Esther Ceceña (coordinadora) . De los saberes de la emancipación y de la dominación (Ed. CLACSO. Buenos Aires, 2008). Un antecedente fundamental de este planteo es el desarrollado por Karl Marx en Formaciones económicas precapitalistas (Ed. Cuaderno de Pasado y Presente. Córdoba, 1971). [4] Adolfo Coronato, Canto a la naturaleza perdida (nota escrita a propósito del video documental Home, dirigida por Yann-Arthus Bertrand). En Le Monde diplomatique Edición Cono Sur. N° 122. Agosto 2009. pp. 42 – 43. [5] Patricia Blanco Fernández, Mucho peor de lo pensado. En revista El Federal. N° 275. 13 de agosto 2009. pp. 32 – 33. [6] Moyo y Yeros (op. cit.). p. 21. __._,_.___ Más información:
9月9日 ´La expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación.Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación.
Neoliberalismo, medios de comunicación y democracia
Por Ricardo Forster *
“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord 1 En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío. Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas, al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers. Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la historia del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura) vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales. Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación. 2 Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años ’60–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años ’30 y ’40, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación. Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanados de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común. Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización hagan del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia. De ahí, entonces, la crucial importancia que adquiere, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, el debate que se está llevando a cabo en el Congreso de la Nación en torno del proyecto de una nueva ley de servicios audiovisuales. Lo medular de la disputa político-cultural se juega en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemonía. * Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). |
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