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5月28日 Trata de Valencia - Diáspora armenia será ruta de vuelta al mundo de barco que parte de Valencia - ADN.es
Cita Valencia - Diáspora armenia será ruta de vuelta al mundo de barco que parte de Valencia - ADN.es 5月25日 Por los caminos de la DiásporaINVITACIÓN DEL CONSUL DE ARMENIA A LA SALIDA DE LA EXPEDICIÓN MESROP MASHTOTS
5月12日 SIRIA SIEMPRE SOLIDARIA CON ARMENIA"pero este viaje me ha permitido confirmar la fuerte presencia de la diáspora armenia de Oriente Medio, su magnifico trabajo para mantener sus tradiciones y cultura después del trauma terrible del genocidio y su excepcional hospitalidad. Con gentes así la causa armenia seguirá siempre viva y pujante."
El escritor y periodista pronunció conferencias en las sedes de la AGBU de Alepo, Damasco y Beirut - En Antelias (Beirut) se entrevistó con el Catolicós Aram I, al que entregó su libro "Armenios, el genocidio olvidado." - "Karabagh fue y es armenio y sería absurdo negociar con él.", dijo a las colectividades armenias de las tres ciudades de Oriente Medio ![]() (Jose A. Gurriarán y el Católicos Aram I, en Líbano) Arthur Ghukasian. Como ya adelantamos en esta página el escritor y periodista José Antonio Gurriarán, autor de dos importantes libros que divulgan y defienden, en España y en el mundo, la causa armenia -La Bomba, Editorial Planeta 1982 y Armenios, el Genocidio Olvidado, Editorial Espasa 2008- viajó a Siria y Líbano, invitado por la Armenia General Benevolent Union (AGBU), para presentar sus dos libros y hablar en las sedes de esta institución de Alepo, Damasco y Beirut, coincidiendo con la conmemoración del 94 aniversario del genocidio armenio, planificado y ejecutado en 1915 por el gobierno de Turquía y que causó 1.500.000 de muertos. Le acompañaron su esposa, la también periodista portuguesa, Helena Aleixo, y el arquitecto armenio residente en Barcelona, Armén Sirouyán, que actuó como traductor al armenio en las tres conferencias y en la larga entrevista que Gurriarán concedió a Radio Seván. La primera de ellas tuvo lugar ante un numeroso publico de la comunidad armenia de Alepo y las autoridades civiles y religiosas de la ciudad y de la iglesia ortodoxa armenia y fue presentada por el presidente de la UGAP en Alepo, en donde viven mas de 60.000 armenios, muy organizados y con gran actividad social y cultural. Gurriarán manifestó que, antes de ingresar en la Unión Europea, el gobierno de Turquía tiene la obligación moral de reconocer el genocidio armenio. "Si no lo hace, no debería entrar en un club democrático, como es la UE." Dijo, también, que Karabagh fue y es armenio, su historia es armenia y su población es armenia y que, por tanto, está en contra de cualquier negociación que ponga en duda esta realidad indiscutible.
9月5日 Armenia "progenitores de la humanidad"Durante siglos había pertenecido a los armenios, y esa pérdida de un enclave que significa tanto para ellos les provoca aún hoy un enorme fastidio. De ahí esa idea fija: el gigante montañoso. Símbolo de orgullo en cuya cúspide se varó el arca de Noé tras el diluvio, según el fantástico relato bíblico. Los armenios se consideran así los "progenitores de la humanidad". No existe una sola casa que no tenga el nostálgico monte nevado estampado, ya sea en foto, pintura o alfombra
El monte Ararat, sueño y obsesiónArmenia no se resigna a la pérdida de la cumbre donde se posó el arca de Noé Lo que llama la atención no es el parpadeante neón de los múltiples casinos que recorren la autovía del aeropuerto al centro. Ni la llama eterna del monumento de Tsitsernakaberd, en luto por los 1,5 millones de víctimas del primer genocidio del siglo XX. Ni tan siquiera el Matendaran, capitolio de unos 17.000 manuscritos medievales protegidos por la figura granítica de Mesrop Mashtots, fundador del curioso alfabeto de 36 letras y su idioma gutural. Lo que llama la atención (y finalmente seduce) de esta ciudad milenaria es una obsesión: por el idolatrado tótem armenio, el bíblico monte Ararat. Tras la división de fronteras pactadas entre la URSS y Turquía en 1923, Armenia [29.800 km2 y 3,4 millones de habitantes] perdió su monte, que quedó dentro del territorio turco. Durante siglos había pertenecido a los armenios, y esa pérdida de un enclave que significa tanto para ellos les provoca aún hoy un enorme fastidio. De ahí esa idea fija: el gigante montañoso. Símbolo de orgullo en cuya cúspide se varó el arca de Noé tras el diluvio, según el fantástico relato bíblico. Los armenios se consideran así los "progenitores de la humanidad". No existe una sola casa que no tenga el nostálgico monte nevado estampado, ya sea en foto, pintura o alfombra. En el año 301, Armenia, que comparte fronteras con Azerbaiyán, Georgia, Irán y Turquía, fue el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión estatal. Y rozando ya los 3.000 años, Ereván sigue siendo una ciudad en transición. En ella contrastan los edificios monumentalistas, sombríos y macizos de la era soviética con palacetes afrancesados; avenidas anchas y angulares con callejones angostos. Tras un lifting cosmético feroz, apoyado por inversión extranjera, principalmente de la diáspora, en su acelerada conversión en urbe moderna descuella un toque señorial que respira siglos de historia beligerante (invasiones persas, mongolas, turcas otomanas y rusas), de apego al arte, a la música clásica y la cultura (pueden visitarse 25 museos y 18 teatros, la Sala de la Ópera y el Ballet, la mezquita Azul y cinco iglesias apostólicas) y donde el gusto por el diseño y el afán por los detalles se percibe. La decana plaza de la República, sede del árbol de Navidad, de festivales culturales y testigo de manifestaciones que cambiaron el rumbo político de este país caucásico, es punto ideal para emprender un tour. Aquí se apiña el edificio del Gobierno, simétricamente tallado en la misma piedra original rosada tuf, en cuyo alto ondea la bandera azul-grana-naranja imperando sobre la armonía de columnas y balcones gigantescos; el lujoso Hotel Marriot, que presume de soportales arqueados, laboriosamente esculpidos con filigranas del país: dziran (albaricoque) y nur (granada). Además, se juntan el Museo de Historia y la Galería Nacional de Arte bajo un mismo techo de color marfil (donde lo más valioso es la pinacoteca armenia). De aquí se pueden elegir varios caminos y medios para explorar la ciudad: a pie, en metro o en marshutki (microbús barato, transporte predilecto local). El arte de los niños prodigioPor la suntuosa calle Abovian se percibe la vida cotidiana que bombea la metrópolis. Vendedores de frutos secos acosan hábilmente a chicas jóvenes que pasean cogidas del brazo y con sombrilla, protegiéndose del sol castigador y de las miradas insinuantes de los traficantes de divisas. En su estela dejan mansiones con fachadas minimalistas y elegantes, ahora transformados en tiendas de moda multimarca, cafés vanguardistas, como el de París o el Art Bridge, la coqueta y escondida iglesia gótica Koghelik, la galería de arte para niños prodigios y el cine Moskva, con su plazoleta que honra al célebre cantante francés de origen armenio Charles Aznavour. Las noches estivales alumbran hasta las diez de la noche los profusos parques de lagos y bares, donde se aglutinan paseantes y nuevos ricos que se afanan en derrochar drams (moneda local) en los cómodos sofás de las zonas vip. El espacio abierto más popular es sin duda la Cascada. Emulando una catarata, con fuentes y tálamos de flores escalonados, es el monumento más inclinado de la villa. En él conviven efigies del famoso artista colombiano Fernando Botero (un gato y un gladiador) y el novedoso Museo de Arte Contemporáneo; y se celebran conciertos de jazz. Su cima brinda vistas impresionantes de la ciudad y del majestuoso Ararat. Otra parada obligatoria es el saleroso Vernisage, un bazar que el fin de semana rebosa de gente y souvenirs tradicionales. Vajillas del tiempo de los zares, pines de Lenin o Stalin, el duduk y otros instrumentos y artilugios tallados de madera. Abunda la piedra decorativa de obsidiana (garras del diablo), que se transforma en todo tipo de recuerdos: pisapapeles, joyeros o relojes de mesa. Hay piedras preciosas, tejidos bordados, tapices y kilimes a mansalva, que oscilan entre 35 y 700 euros y que los vendedores extienden en los capós de sus abollados Zhiguli y Volga (coches soviéticos). Entre las más de cuatro mil reliquias del país, destaca el Monasterio de Khor Virap, en el fértil valle de Ararat. Su arquitectura, espectacular y única, ofrece unas vistas impresionantes del mítico monte, que también bautiza su coñac de exportación (la fabrica se puede visita en Ereván) y que antaño fue el licor favorito de Winston Churchill. Aquí estuvo encarcelado durante 13 años el monje Gregorio El Iluminador. Tras curar al rey de la época de una enfermedad, éste cristianizó a la nación. Paseo etéreo por el lagoPara zambullirse en el medio rural y gozar de la cadencia de la piedra con la naturaleza se recomienda una excursión al lago de Seván, uno de los más elevados del mundo. Rodeado de frondoso verdor, estalla en un millar de tonalidades verdes, en amarillos intensos, en cobres rojizos, naranjas pálidos y en un espeso níveo, según la estación. De origen volcánico, sus aguas de azulón o turquesa varían entre 17 y 24 grados. En verano, bañistas, mochileros, marinos y domingueros se agrupan en sus orillas y preparan un suculento jorovatz -barbacoa de trucha con vinagreta de granada o de cerdo con especias que se envuelve en el tierno pan lavash- refrescado con cerveza Kotayk. En su península se asoman dos ermitas medievales, rodeadas por los curiosos Khachkars, cruces talladas en piedra laboriosamente adornadas que sirven de escondite para niños o lisonja de seminaristas, artistas y ganaderos, cada grupo sacando provecho a este fastuoso paisaje
7月14日 Los árabes, tanto los sirios como el resto, no han perdonado a los turcos que rechazaran la arabización.Turquía. Noticias de Estambul
QASTL MAAF-ANTAKYA-ADANA, 74 km. (bici), 200 km. (autobús) En apenas una hora llego al fondo de un amplio valle con prados, casas de veraneo y los primeros bosques de hoja caduca que veo en muchas semanas. El suelo está empapado, la carretera, tranquila.
El camino hasta la frontera ha sido más fácil de lo que suponía. Tras ella está la provincia turca de Hatay, que hasta los años veinte perteneció a Siria. Las relaciones entre ambos países nunca fueron buenas. Los árabes, tanto los sirios como el resto, no han perdonado a los turcos que rechazaran la arabización. Se convirtieron al Islam, pero a diferencia de lo que pasó en la práctica totalidad de tierras conquistadas en nombre de Alá, este pueblo procedente de las llanuras de Asia Central rechazó el idioma de Mahoma y las formas de vida surgidas de los desiertos arábigos. Sus miras estaban puestas en Occidente, hacia donde aún miran en la actualidad. Siria y Turquía siguen enemistadas, y los viajeros que se desplazan en transporte público tenían, hasta hace poco, dificultades para encontrar un autobús que les pasara de un país al otro. La situación parece haber mejorado, por lo menos para alguien que viaja en bicicleta. En media hora puedo continuar la marcha. Una pequeña carretera en mal estado me conduce por frondosos bosques hasta Yayladagi, un pueblo con casas de piedra y cubiertas de tejas inclinadas a los cuatro vientos. Los hombres visten botas negras altas y bombachos de gasa tan holgados que, entre las piernas, se les forma una bolsa exagerada. La solitaria ruta por la que circulo está señalizada como E-90, esto es, como una de los grandes ejes que en el futuro conectarán los confines de la Unión Europea. Y es que los turcos parecen tener prisa por ser europeos. No en vano su país fue de los primeros en adoptar las placas de matrícula comunitarias. Los carteles han llegado antes que las obras, sin embargo. Los trabajos están abandonados. Paso por tramos sin asfaltar, cubiertos de grava o de barro, pegando botes y patinando al pedalear. Luego la calzada serpentea hacia las alturas, en pos de unas tierras de cultivo altas, con matojos y pedruscos, perfumadas por hierbas aromáticas. -¿Sprechen die Deutsch? -me pregunta un hombre al pasar. Y como no hablo alemán, el señor se va desilusionado por no poder practicar la lengua que debió aprender en los años que estuvo en Alemania. Ahora llega una chica, de ojos claros y pañuelo en la cabeza, cantando desde lo alto de un borrico, con un ramo de flores amarillas en una alforja. Con voz infantil pregunta algo que no entiendo. Cara de circunstancias. -Pero ¿puedo hacerte una foto? Evet -sonríe. -A ver, quieta... Ya está. –Y la niña desaparece moviendo el cuerpo al ritmo que le marca el animal, en dirección a las montañas. Todo de bajada, siguiendo un desfiladero llego a Antakya, la Antioquía bizantina, la ciudad donde, según la Biblia, un grupo de los que se consideraban judíos fueron juzgados tan distintos del resto de su comunidad que, en adelante, fueron conocidos como cristianos. Durante el imperio romano, fue la tercera ciudad del Mediterráneo, sólo superada por Roma y Alejandría. Medio millón de personas vivían en ella, aunque cuando Alí Bey la visitó, su gloria era cosa del pasado. Contaba sólo con quince mil habitantes y las puertas de la ciudad amenazaban ruina. Antakya es, hoy, una mediana ciudad turca. Las calles están atestadas de gentes. Muchas de ellas son de origen sirio y tienen el árabe como primera lengua. Abundan el comercio moderno y los cajeros automáticos, señoras con bonitos peinados y carteles publicitarios. Por una vez, tengo la sensación de que mi atuendo es del todo inapropiado. Pero, ¡qué alivio poder leer los rótulos e indicaciones que uno encuentra en la vía pública! De esta forma uno puede llegar a entender palabras tales como taksi, polis, stasyon, koifur (peluquería), çizburger (hamburguesa con queso), otel, garaj, konfeksyon, ecol, jandarma, telefon o lavabo. Hay que agradecerlo a Ataturk, el padre de los turcos, quien poco después de la creación de la república, decretó el abandono del alfabeto árabe y la adopción del latino. Algo más maravilloso aún me acaba de alegrar el día: ¡los restaurantes están abiertos! Y no sólo eso: tienen toda la comida expuesta en frigoríficos alargados con cristales transparentes. Sólo tienes que entrar, saludar y señalar lo que te apetece comer. Arroz con verduras, ternera, un vaso de yogurt... ¡Lo que quieras! Más complicado resulta cambiar dinero. Visito cuatro bancos hasta dar con uno, tomado por una multitud, donde acepten mis cheques de viaje. El empleado que me atiende insiste en cobrarme el trece por ciento de comisión. De nada me sirve protestar. El señor se encoge de hombros y, con muy buenas maneras, me dice que es lo que hay. Me sale más a cuenta recurrir a un cajero, de modo que cambio sólo las mil doscientas libras sirias que me quedaban. Y ahora, a ver lo que me han dado: el primer billete es de quinientas mil liras... Los otros son de... ¡un, diez y veinte millones! Por el equivalente a veinte euros, soy treinta y tres veces millonario. No habrá quien se aclare con las paridades. ¿O sí? Espera: eliminando cuatro ceros, obtengo más o menos el valor en antiguas pesetas. Con mis treinta y tres millones de liras en el bolsillo, me voy a la estación. Turquía es demasiado grande para atravesarla en siete días, de modo que entre esta tarde y mañana quiero recorrer un largo trecho en autobús. -Salam aleikum -saludo en árabe, por error, a mi compañero de asiento. ¿Hablas árabe? –pregunta sorprendido. -Shuei, shuei –digo balanceando la mano, que es una forma de decir un poquito, aunque sería más exacto responder que casi nada, pero no sé cómo se dice. El vehículo se pone en marcha con casi tantos teléfonos móviles como cabezas, sólo dos de ellas cubiertas por un pañuelo. El país parece haber cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí, hace siete años. Ahora todo está limpio y bien puesto. El conductor maneja el vehículo con una dulzura y un respeto al código de circulación que me resultan desconocidos. Recuerda poco al lugar que conocí cuando iba camino de China, cuando por las carreteras de Anatolia se efectuaban adelantamientos triples, un coche por la izquierda, como corresponde, y otro por el arcén, por donde circulaba yo. -¿Agua? –pregunta el hombre que se sienta a mi lado mientras abre un vaso de plástico precintado. ¿No sigues el Ramadán? De forma discreta, da a entender que no, igual que muchos en Turquía. Avanzamos por un terreno llano y modelado por la mano del hombre, con cultivos de secano, campos de olivos e hileras de cipreses alineados. A nuestra izquierda se levantan, como setas, unas montañas que ocultan la costa. Son las cimas del Musa Dag y Kizil Dag. En estas alturas se refugiaron miles de cristianos, durante el genocidio armenio. Se resistieron a ser expulsados al desierto, donde, si no morían de hambre, eran abatidos por los soldados. Una vez aquí, fueron rodeados por los turcos, cinco veces más numerosos. Los asediados no tenían escapatoria. La única salida posible eran los acantilados que daban al mar. Y hacia allí fueron, de forma casi suicida, y después de repetidas llamadas de socorro, Francia fue en su ayuda. Mandó a dos barcos de su flota, y por medio de botes unos pocos lograron salvar sus vidas. Superamos las montañas por un paso llamado Belen y en un momento volvemos junto al Mediterráneo. En Iskenderun muchos pasajeros se apean, entre ellos mi compañero de asiento, que intenta despedirse. -Good... ¡Güle, güle! -le digo en turco, deseándole buen viaje. -Güle, güle –responde él con una sonrisa. Sin separarnos del mar ni de la vía férrea, desde detrás de la ventanilla contemplo a unos niños que juegan en una playa de piedra blanca, y la localidad de Yakacik. La ciudad se halla en una grandiosa bahía que se adentra sesenta kilómetros tierra adentro. Tan ancha es que resulta imposible vislumbrar la otra orilla, como si un titán hubiera pegado un fenomenal mordisco a la costa antes de volver a sumergirse en las profundidades marinas. La realidad, sin embargo, es menos prosaica: la isla de Chipre, al desgajarse de la placa continental, dejó este enorme boquete. El autocar no para en Yakacik, y es una lástima. Aunque sólo fuera para recoger un poco de arena para mi colección, hubiera estado bien detenerse un momento. Nos encontramos en el confín oriental del Mediterráneo, a unos tres mil quinientos kilómetros en línea recta de donde comencé el viaje. No existe ningún otro punto más alejado del estrecho de Gibraltar que éste. En lugar de eso, nos incorporamos a una autopista que avanza hacia el oeste. El vehículo apunta directo hacia un sol de tonos anaranjados mientras sobre un llano liso, perfecto, se dibujan los contornos redondeados de algunas colinas aisladas. De los rastrojos que arden en los campos se elevan columnas de humo, que al llegar a cierta altura se diluyen en el cielo formando una nube fina y horizontal de tonos grisáceos. A las cinco menos cuarto, algunos hombres piden agua para romper el ayuno y tres campesinas vestidas con pañuelos floreados, falda a cuadros y zapatillas de plástico reparten fruta y galletas entre los pasajeros. Tras este gesto de hermandad, el vehículo se llena de ruido de bolsas de comida y de olor a mandarina. Nos detenemos cinco minutos para que aquellos que lo deseen puedan hacer sus oraciones, lapso que las señoras de las galletas aprovechan para liar unos cigarrillos y los más para orinar. Media hora más tarde llegamos a Adana. Me alojo en un hotel cercano a la estación, uno de los muchos que hay frente al museo arqueológico y a los seis rutilantes minaretes blancos de la gran mezquita. -Se parece a la de Estambul –le comento al señor que me ha traído hasta aquí. Sí, pero ésta es mayor –responde orgulloso Hussein-. Caben veintiocho mil personas. La financiaron los ricos de la ciudad, que han montado una gran carpa de lona para dar de comer a dos mil personas cada día. A media tarde, ya de noche, Hussein me recibe en su tienda de alfombras, que está en la esquina. Interrumpe por un momento su juego de cartas solitario para ofrecerme un té. Por televisión la cadena de noticias CNN ofrece imágenes de Estambul. Algo ha sucedido: se ve a gente ensangrentada, coches destrozados, ambulancias... "Han estallado dos bombas, y hay muchos muertos, centenares de heridos. Es un problema", explica, lacónico, el vendedor, antes de concentrarse de nuevo en las cartas. Pues sí que es un problema, cuatro bombas en una semana. La situación comienza a ser alarmante. Los islamistas han atentado hoy contra el consulado británico y un banco londinense. En pocos días, han matado a sesenta y dos personas, y a Hussein sólo se le ocurre decir que es un problema. Él tiene claro por qué atacan a Turquía: "Política –susurra sin dejar de tirar cartas-. Nuestro país hace su política, que es distinta de la de los países árabes. Nosotros no queremos estar con ellos, sino con Europa y América. Política... Es un problema... Los terroristas están por todas partes". No es ésta la única mala noticia que recibo en la tienda de alfombras de Hussein. Mañana viernes es casi un día festivo, después del fin de semana vienen cuatro días de fiesta para celebrar el fin del Ramadán, y el viernes de la semana próxima casi nadie trabajará porque el gobierno concede un día extra de vacaciones. De puente en puente, los turcos harán un acueducto de diez días que aprovecharán para viajar y visitar a sus familiares. Y no sólo eso. En un país con cerca de setenta millones de habitantes y en el que la renta per capita duplica a la de Marruecos o Egipto, eso significa que las carreteras quedarán colapsadas, y que los billetes de autobús, tren o avión hacia los principales destinos están vendidos con semanas de antelación. "¿Quieres ir a Antalya? Seguro que no quedan billetes", me desanima Hussein, que llama a un amigo para cerciorarse. "Dice que le queda una plaza para mañana por la noche. ¿Te interesa? Pero piensa que la costa sur está muy lejos de Estambul". Respondo que sí, que compro lo que sea, aunque Antalya esté a setecientos kilómetros de Estambul tomando el camino directo y a bastantes más dando el rodeo por la costa que tenía previsto. Más vale pájaro en mano, aunque eso me obligue a pasar veinticuatro horas en Adana y a viajar de noche. Desconozco por completo cómo seguiré luego mi camino hacia el norte. 7月11日 En Siria viven unos doscientos mil armenios, la mayor parte de ellos supervivientes del genocidio perpetrado por los turcos "El Ramadán es bueno"
Gabriel Pernau | 11/07/2008 - 07:17 horas
He tenido un buen susto, esta madrugada. Las llamadas del almuédano a oración desde una mezquita cercana han retumbado en las paredes de mi habitación con tal intensidad que, por un momento, he temido que fuera a caerme de la cama.
Abandono Baniyás temprano, con el asfalto todavía húmedo a causa de un chaparrón nocturno. Los campos huelen a hierba fresca y a fruta. Los árboles rebosan naranjas, mandarinas y pomelos y las carreteras están plagadas de triciclos de fabricación soviética a los que sus propietarios han montado exagerados radiadores Mercedes. En los cruces, vehículos y agricultores esperan los camiones que llevarán la mercancía a la ciudad. Los pueblos se suceden uno detrás de otro y numerosas carreteras –hasta nueve cuento en cincuenta kilómetros- conducen a los pies de la cordillera as-Nusariya. Tras ella están la ciudad de Hama, la Epifanía bizantina, y el río Orontes, cuyas aguas todavía mueven norias de hasta veinte metros construidas hace más de mil años. Más cosas que no veremos. Sin separarme de la costa, la ruta pasa bajo la autopista, y allí a la sombra, bajo el incesante cloc-cloc de los automóviles, un chico ha montado una barraca donde vende café y té a los conductores. Massa es extrovertido y jovial. Vestido con un chándal descolorido y zuecos, me invita a sentarme en el interior de la humilde cabaña donde vive, me pone una bebida caliente en las manos y me enseña con orgullo su hogar. Es un espacio de seis metros cuadrados medio ocupado por un camastro. De una pared cuelga una bolsa de lona con algo de ropa; de un clavo, una camisa y un pantalón. Una batería de coche alimenta una bombilla que pende del techo, y junto a ella, una flor y unas hojas de plástico para dar vida a la estancia. Es todo cuanto tiene. Pero no; hay más. De debajo de la cama saca un cuaderno grande de espiral lleno de dibujos, de trágicas ilustraciones de amor. En una de ellas, una flor sangra, en pequeñas gotas coloradas, sobre la llama de una vela; en otra, una paloma llora sobre la cara de una muchacha. Es bonito, le digo. Massa sonríe. Está dedicado a una chica que vive en las montañas, me cuenta con gestos. A él no le gustaba el campo. Vida dura. Por eso vino a la costa, a buscar su oportunidad. El chico es todo nervio. Pone una tetera a calentar y, a la que me descuido, ya me ha servido otro taza. Cada vez que pasa un coche, sale disparado de la cabaña, y, en cuanto llega un camión, sirve té a sus ocupantes y les pide permiso para llenar un pequeño bidón con los depósitos de agua del vehículo. ¡Gracias! ¡Hasta la vista!, les saluda, efusivo, al terminar. -¿Y no tienes frío, aquí dentro? -le pregunto. La, la -niega. Señala el horno de carbón que está en la calle. Por las noches lo mete dentro, cierra la puerta y duerme calentito. Se las sabe todas, este Massa. Es un luchador nato, y a pesar de los insignificantes medios de que dispone, tiene una confianza ciega en que todo le saldrá bien. Sus planes de futuro pasan por comprarse una moto a la que le tiene puesto el ojo, y entonces, cuando tenga vehículo propio, seguro, no habrá quien lo pare. Le dejo dinero encima de la cama, por si se niega a cobrarme, y él me regala un limón y un palosanto. -¿Y esto? -pregunta al descubrir los billetes. Es para tu moto. Latakia es población insulsa, de calles rectas y, toda una novedad, con escasos edificios religiosos. Es la última ciudad siria antes de las montañas y de la frontera turca. Unos kilómetros al norte están las ruinas de Ugarit, el que fuera el puerto más importante del Mediterráneo entre los siglos XVI y XIII antes de Cristo, y retirado hacia el interior, a poco más de una hora de bicicleta, el castillo de Saladino. Dos cosas más que me perderé. El viaje ha entrado en una paranoia por llegar a Estambul el 27 de noviembre. Y la espalda vuelve a molestarme. El dolor se repite en forma de agudos pinchazos cada vez que viene una subida o que me pongo de pie sobre los pedales. Y las montañas hacia las que me dirijo son más altas de lo que suponía... Descanso sobre el asfalto, cerca de un olivar, cuando un hombre que llega andando por la carretera se pone de cuclillas a mi lado y me tiende la mano. Me mira con curiosidad, y cuando se entera que quiero ir a Al-Basit, el pequeño pueblo de pescadores rodeado de montañas, me lo desaconseja. En Kassab, en cambio, hay un buen hotel, dice, a treinta kilómetros en línea recta. -¡Pum, pum! ¿Y tú no vas a pegar tiros a Bagdad? –pregunta con mirada pícara. ¿Yo? –le respondo con exagerado gesto de sorpresa para que le quede claro que soy hombre de paz. La carretera se empina y entra en unos preciosos bosques de pinos con merenderos y restaurantes. Numerosos carteles aparecen escritos en armenio. Y es que las tierras que recorro pertenecieron a Armenia, un reino sucesivamente hostigado por bizantinos, seleúcidas, mongoles y turcomanos. En Siria viven unos doscientos mil armenios, la mayor parte de ellos supervivientes del genocidio perpetrado por los turcos durante la primera Guerra Mundial. Esta minoría cristiana cometió una temeridad, en 1915. Rusia, Inglaterra y Francia habían declarado la guerra al debilitado imperio otomano, y los armenios, animados por la creación de la Grecia moderna, vieron la oportunidad de librarse del yugo turco. No valoraron con precisión sus fuerzas –escasas- ni las del enemigo ancestral –aún considerables. Estambul decretó la persecución de un pueblo que según había dicho Ibn Battuta seiscientos años antes, "busca la destrucción del país musulmán". Se incendiaron sus poblados, sus propiedades fueron confiscadas y buena parte de la población, aniquilada. Las cifras de muertos son espeluznantes. Murieron entre un millón y un millón y medio de personas, y las mujeres supervivientes fueron obligadas a aceptar un esposo turco en aras de lo que se llamó "otomanización". Fue el primer genocidio del siglo XX. Turquía niega que se prudujera, mientras que numerosos países del mundo, Estados Unidos incluido, temerosos de enemistarse con un aliado estratégico, han aprobado sólo tibias censuras sobre esos hechos. Los armenios desaparecieron de la actual Anatolia oriental, donde habían vivido durante tres mil años. En 1920, se pactó un intercambio de territorio y población. Turquía reconoció el estado de Armenia, y éste hizo lo propio con los territorios arrebatados por el poderoso vecino occidental. En lo que fue una limpieza étnica pactada, la minoría armenia tuvo que abandonar la república nacionalista surgida bajo el gobierno de Ataturk. La comunidad vive hoy disgregada por el mundo a causa de una inmensa diáspora que les llevó a lugares tan apartados como las repúblicas de la Unión Soviética, Asia Central, Irán, Siria y Líbano, Chipre, Egipto, Kuwait, Etiopía y Arabia Saudí, Europa oriental y occidental, América del norte y del sur, India, Extremo Oriente o Australia. A pequeña escala, los armenios se vengaron de la persecución sufrida. De forma metódica e infalible, en los años siguientes, murieron asesinados algunos de los responsables directos de las matanzas. Y según Turquía, toda la población musulmana de la actual Armenia fue también masacrada. Sigo, a ritmo lento, pendiente arriba, distrayéndome con el paisaje para olvidar el dolor, intentando moverme lo justo. Me detengo en un bar junto a un pantano a hacer unos estiramientos. Me tomo una Cheers Up, la copia siria de Seven Up, y avanzo unos kilómetros más. El siguiente pueblecito tiene una quincena de casas. Desde los soportales, dos hombres me contemplan mientras resoplo. No hay ningún rótulo, pero tengo una intuición. ¿Funduk?, pregunto. Uno de ellos asiente con la cabeza. Respiro de alivio. No hará falta que llegue a Kassab. Me atiende un anciano que, en los bajos del establecimiento, se encarga de la única tienda del pueblo. Vende comida fresca o enlatada, camisas y pantalones, juguetes de plástico y faroles de queroseno. "Es usted mi salvación", le digo, y él sonríe sin entenderme desde debajo de un gorrito blanco de lana. Luego le pregunto si sigue el Ramadán, para saber si cerrará enseguida. Y sí, está a punto de marcharse hacia casa. Antes de que lo haga, le compro plátanos, una lata de judías, mortadela, dulces, pan y unos quesos de color naranja, pequeños y pesados, que han fermentado en bolsas de plástico dentro de un frigorífico. El señor me acompaña a la habitación y en el momento de entregarme la llave y dos toallas me mira fijamente y pronuncia, de forma clara, las pocas palabras en inglés que parece saber: "Ramadan is good". El Ramadán es bueno, sí, pero ¿por qué lo dice?, me pregunto desconcertado. Después comprendo: con mi cara de decepción al saber que cerraba la tienda he cuestionado uno de los pilares básicos de su fe. Él es una buena persona, cumple con su deber de buen musulmán. El Ramadán es bueno. Quién soy yo para ponerlo en duda. 7月3日 Hemos llegado a Damasco.FRONTERA SIRIA-DAMASCO, 133 km. (autobús) ![]() Gabriel Pernau Interior de la mezquita de Damasco, cuyos muros formaron parte de un templo arameo Un escandaloso concierto de coches trunca mi dulce sueño. Hemos llegado a Damasco. En la primera impresión, la ciudad es sucia y caótica, hostil, pero con la gente todo resulta fácil. Ya lo decía Ibn Battuta: "El extranjero está en Damasco a sus anchas, recibe un trato deferente, cuidándose de no herir su dignidad de hombre". Cualquier persona a quien pregunto por la calle se detiene para orientarme. Hablan despacio, intentan expresarse de forma correcta, e incluso los policías son simpáticos. En hospitalidad hacia el extranjero, pocos lugares la superan. Y no es extraño que así sea, puesto que es una de las cunas de la civilización, la ciudad más antigua del mundo, según se dice. Sobre ella, los poetas árabes han vertido alabanzas de lo más barrocas: "El Edén de Oriente y el lugar donde asciende la luz" (Abu I Husayn ben Yubair); "tierra en que el guijarro es perla, el polvo ámbar y las brisas del norte como vino frío" (Ibn Yuzayy); "el lunar en la mejilla del mundo (...) un paraíso anticipado" (Arqala al Dimasqi al-Kalbi); "un paraíso en que el forastero olvida su patria" (Nur ad-Din); "el paraíso de Oriente, (...) la novia de las ciudades que hemos contemplado" (Ibn Yubair). Pero, ¿cómo explicar Damasco? Demasiados factores condicionarán mi visión de sus minaretes de formas bulbosas y sus palacios, de sus casas señoriales y sus comercios. He llegado a la capital de Siria en pocas horas tras atravesar el norte de Jordania y el sur de Siria. Todo ha ido muy deprisa, e Israel sigue en mi cabeza. Me ha faltado un tiempo de tránsito. Y, además, la ciudad no palpita a su ritmo habitual, durante el Ramadán. Del hotel, no tengo queja. He conseguido evitar el Al-Haramein, ese que anunciaban en Petra y que me propuse evitar por temor a encontrar a los mismos viajeros. Pero, a base de preguntar, acabo en el Al-Rabie, que está justo al lado... El establecimiento es limpio y confortable. Se encuentra en un callejón que da a la calle Chukri Al-Quwalti y en su tiempo fue una señora mansión. Las numerosas habitaciones se reparten en dos pisos alrededor de un patio con una fuente en el centro. En este espacio que huele a azahar y en el que de noche se ven las estrellas recibían los hombres a las visitas, para luego tumbarse en los divanes que había en la estancia abierta que está al fondo. Como en Petra, también aquí hay profusión de cartelitos en inglés. El del lavabo, junto a la cadena del váter, ha sido manipulado. Donde antes ponía Push Down (empujar hacia abajo), ahora puede leerse Bush Down. Dedico mi primera mañana en Damasco a resolver algunos trámites, tras lo cual me acerco al Museo Nacional. Se accede por la monumental puerta de un palacio omeya de Palmira. En el vestíbulo central, un gran mapa puede servir de resumen de la riquísima historia del país. En él aparecen los principales yacimientos arqueológicos que hasta la fecha se han encontrado: treinta y dos de ellos son prehistóricos, sesenta pertenecen a las edades de bronce y de hierro, veintisiete a las civilizaciones griega y romana y quince al período musulmán. El museo contiene cilindros procedentes de Ugarit con escritos en el alfabeto más antiguo que se conoce, tablillas con escritura cuneiforme, rocas esculpidas en arameo, estatuillas mesopotámicas y de Venus, cerámica de hace treinta y tres siglos, montañas de monedas acuñadas en Alepo, muebles de los tiempos de Saladino, astrolabios, libros de plantas medicinales o sedas chinas del siglo I, de las más antiguas que se conservan. Fuera, sobre mesas de mármol bajas, un hombre lee el periódico, dos oficinistas juegan al ajedrez y unas señoras conversan animadamente mientras un jilguero pía desde una jaula. El ambiente es relajado. Cuando suena un móvil, quien recibe la llamada se levanta y se aleja unos pasos para no molestar. A escasa distancia del museo está la mezquita Takiyé de Solimán el Magnífico, de piedras negras y blancas, erigida por el arquitecto que levantó la Mezquita Azul de Estambul. En la madrasa contigua, un grupo de estudiantes dibuja al carbón este coqueto espacio mientras un pintor de brocha gorda pinta una columna de madera en vivos colores. Los dormitorios donde antaño dormían los estudiantes están ocupados ahora por comercios de artesanía. En uno de ellos, regateo por dos cojines y un mantón de seda. -¿Qué pasa, que no lo puedes pagar? –me inquiere el tendero, cansado de mi insistencia. Su argumento me desarma. Le pago cincuenta libras más de lo que pretendía y desaparezco con mis bonitas piezas. Las sedas son una maravilla, aunque mañana, en la Casa Nassan, una familia cristiana porpietaria de fábricas textiles centenarias, un vendedor matizará un poco mi alegría: "Las telas que ha comprado son de calidad mediocre –me anunciará, con orgullo profesional, mientras muestra su mercancía-; las nuestras tienen sesenta y cuatro hilos por centímetro. No hay nada igual". El señor sabe de qué habla. Los damascenos y los habitantes de Palmira comenzaron de intermediarios de las telas que llegaban de China hasta que acabaron dominando el proceso de elaboración de la fibra y se hicieron dueños del mercado internacional. Con las sedas que producían sus centenares de talleres se vistieron los patricios romanos, los señores más ricos de Oriente Próximo, el Golfo Pérsico, el norte de África y Europa. Recupero fuerzas en una frutería, con un dulcísimo zumo de granada. Tarek, el chico que me ha servido, se indigna al ver, en pleno Ramadán, a unos "cristianos" que fuman por la calle. "No piensan en los demás –se lamenta-. Tendremos que rezar por ellos". La ciudad moderna es enervante. Las amplias avenidas y los viaductos torturan al peatón, que se ve obligado a superar pasos elevados a cada instante. Los pasos cebra son un riesgo por la insistencia de los conductores en meter el morro del coche donde tú ibas a poner el pie. Como la fuerza bruta se impone, es mejor aguardar a que lleguen unos cuantos damascenos decididos, y entonces, cuando todo el mundo cruza, tú vas tras ellos. Ya estamos en la parte vieja. Los límites del recinto amurallado coinciden de forma exacta con la ciudad romana. La vía principal es la calle Recta. Atraviesa el núcleo urbano de oeste a este a lo largo de dos kilómetros, y de su nombre ya se deduce que pocas más calles mantienen la rectitud. Alí Bey se sorprendía de la ausencia de plazas. Olvidaba señalar que en las calzadas casi nunca da el sol, por la estrechez de las arterias y por las estructuras elevadas que guarecen a los caminantes del calor estival. El espacio más diáfano es la mezquita Omeya, una de las más veneradas por el Islam. En el templo se guardaba el primer Corán manuscrito y, según un santo, "una plegaria rezada allí vale por treinta mil rezadas en cualquier otro lugar". Los orígenes de la construcción se remontan al siglo IX antes de Cristo, cuando los arameos dedicaron un templo a su dios Hadad, que más tarde los romanos consagraron a Júpiter y ampliaron hasta sus dimensiones actuales, y que después Constantino convirtió en iglesia. Tras de la primera invasión árabe, el ala este de la basílica se usó como mezquita y, a principios del siglo VIII, la construcción fue reformada sin reparar en gastos. Durante diez años, los muros romanos se cubrieron de dieciocho mil metros cuadrados de mosaicos, y techo y capiteles se bañaron de oro, el mismo metal precioso con que se realizaron las seiscientas lámparas colgantes que iluminaban el interior. La mezquita costó al califa Walid un dineral equivalente a siete años de ingresos. Colin Thubron cuenta en su libro Semblanza de Damasco que, "cuando llegaron las cuentas, a lomos de dieciocho camellos, (el califa) se negó a revisarlas porque 'en verdad hemos gastado todo esto por Dios'". Terremotos, incendios o saqueos, como el cometido por Tamerlán, han desposeído al templo de la suntuosidad de antaño. A pesar de ello, mantiene toda su estructura en pie y perfectamente restaurada. Se conservan columnas de diez metros del templo de Júpiter, el mausoleo dedicado a Saladino y un cráneo que se atribuye a Juan Bautista, uno de los numerosos santos que comparten cristianismo e Islam. Quizá fue por esa reliquia que Juan Pablo II visitó el lugar en 2001. Jamás, hasta entonces, un papa de Roma había pisado una mezquita. Acompañado del gran muftí sirio, el jeque Ahmed Kuftaro, el pontífice rezó en silencio dentro de la mezquita omeya, aunque, para no herir sensibilidades, evitó santiguarse. También para mí, hoy será el primer día en este viaje en que ponga los pies en un templo musulmán. El clima bélico que vive el mundo a raíz de la invasión de Iraq y la prohibición, para los no creyentes, de visitar las mezquitas marroquíes me habían disuadido hasta ahora de hacerlo. Descalzo, entro al enorme patio de mármol pulido por el que los no musulmanes accedemos al templo. En la parte cubierta, sobre centenares de alfombras rojas, algunos duermen, otros leen el Corán en un susurro y los más pequeños aprenden, con las piernas cruzadas, los textos sagrados. Las mujeres, escasas, se encuentran en la parte posterior. "Alaáaaa.... Akbar!", cantan, a las cinco y nueve minutos, cinco almuédanos vestidos de blanco ante un micrófono. "Alaáaaa.... Akbar!", resuena el múltiple cántico, al unísono y con fuerza, dentro y fuera del templo, mientras unos hombres entran deprisa por la puerta reservada a los fieles. "Alaáaaa.... Akbar!". Todo el mundo ha dejado ya lo que hacía, y ante el muro sur, unos sesenta hombres oran frente el mihrab, la hornacina que señala la dirección de La Meca. La liturgia impresiona por su sencillez. No hay nada, sólo personas postradas ante su dios. Tras el quinto "Alá es grande", los hombres toman pedazos del pan que alguien ha dejado en una silla junto a la entrada, y tras charlar un rato, van desfilando hacia sus casas para reunirse con los suyos. De nuevo en la calle, me siento a estudiar el mapa de la ciudad. "¿Puedo ayudarle?", me pregunta una dulce voz femenina en cuanto me pongo en pie. ¿He oído bien? ¿Es a mí? No oso levantar la mirada. "¿Puedo ayudarle en algo?", insiste alguien en el idioma de Moliére. ¡Dios! ¡Una mujer me está hablando! Es una chica con una melena de color castaño, de ojos verdes y pecho generoso que asoma bajo un grueso jersey de lana. -Ejem... Busco el hammam Nur ad-Din. ¿Cómo dice? A ver –y la muchacha se pone a mi lado para ver mejor la guía, arrimándose a mi hombro. La chica no es musulmana, desde luego, porque una musulmana jamás osaría abordar a un desconocido. Debe ser cristiana maronita. Pero ella no sabe nada de hammams. Este suele ser un asunto de hombres. -Abre a las seis y media -me informa un señor que también se ha acercado. Ha oscurecido ya. En una de las calles desiertas del centro doy con otro hammam. "Entre, es bueno", me anima un anciano al verme dudar ante la pequeña puerta del establecimiento. Una escalera estrecha me conduce a una gran sala de cuya cúpula pende una lámpara que baja hasta encima de la fuente central. En los bancos que hay dispuestos alrededor, un hombre se desviste y otro yace estirado entre toallas mientras saborea un té. -¿Baño y masaje? Bueno. Un empleado me trae una sábana blanca, unas zapatillas de plástico, una pastilla de jabón y un cajón de madera para los objetos de valor y, con la tela blanca anudada en la cintura y sin gafas, me voy para adentro, medio ciego y lleno de aprensión. ¿Por dónde será? Un hombre grueso y pechopelo me indica que le siga por un pasadizo. Pasamos por una sala caliente y llegamos a una estancia rectangular donde un hombre se enjabona la cabeza en una fuente y otro yace adormilado sobre un banco. En cada extremo de la sala hay una pequeña habitación oscura. Sigo a mi guía hasta una de ellas, y, acuclillado ante una pequeña fuente, le imito: lleno un cuenco de hojalata de agua caliente y me la echo por encima. El calor es asfixiante. "Entrar y salir", me indica pechopelo con el dedo. La sauna alivia los músculos y relaja el espíritu. Comienzo a encontrarle el gusto. Me voy a otra de las habitaciones, tan oscura como la primera, y a punto estoy de pisar a alguien que está sentado en el encharcado suelo. Me agacho yo también; así se respira mejor. El hombre del bigote dice algo. ¿Que me enjabone? Me enjabono. ¿Que si quiero que me eches agua por encima? Ah, vale. ¿Ves qué simpatica es, aquí, la gente? Ahora se ofrece a enjabonarme la espalda, y pese a mi pudor, acepto. El compañero de hammam se sitúa detrás mío y, con manos delicadas, recorre con la pastilla de jabón mi espalda, los hombros, las axilas, el pecho... La situación comienza a ser embarazosa, y encima, al terminar, quiere que yo le haga lo mismo. Ay madre... Le enjabono deprisa -¡chof, chof!- la espalda, y, hala, ya está. -¿Y aquí abajo no te lavas? -me pregunta mientras señala mi entrepierna. Je, je –sonrisa de compromiso; aquí abajo me lo lavo yo cuando estoy solito. Salgo del cuarto oscuro y de la sala de vapores antes de que vuelva el del bigote, y de nuevo en la sala de la cúpula, me cubren con una sábana seca y dos toallas para que no me enfríe. ¿Qué estaba pasando allí dentro?, me pregunto mientras me someto a mi sesión de masaje. Juraría que me estaban tirando los tejos, aunque también es posible que no fuera nada más que el intento de un damasceno generoso de ayudar al extranjero extraviado. Al fin y al cabo, los árabes hacen cosas a las que los europeos no estamos acostumbrados. Se hacen, por ejemplo, mimos que en occidente sólo vemos entre mujeres, y no por ello pensamos que sean lesbianas. Mañana, sin ir más lejos, el señor que me hará de guía en una casa se despedirá, al acabar la visita, regalándome una rosa y dos flores de azahar. Siempre me quedará la duda, de todas formas. Si descubrir lo que ese hombre quizá pretendía implicaba tener según qué experiencia, prefiero seguir con mis estúpidos prejuicios de europeo. El masaje finaliza con la especialidad de la casa, con un servidor boca abajo, la rodilla del masajista clavada en mi espalda y un sonoro y doloroso crujir de vértebras. -¡Agh! Y ahora, al barbero. Násser me corta el pelo a navaja, me invita a sentarme en un sofá, a tomar un té y a fumar, y aun dice que le pague la voluntad. -¿En Barcelona lo hacen igual? -pregunta con curiosa humildad. No exactamente, trato de explicarle. Allí no hay bebidas ni cigarrillos para los clientes, sino un pase de máquina rápido y a la calle. -¡Ja, ja, ja! -ríe satisfecho mientras su hijo de 3 años juega desinhibido con los mechones que han quedado esparcidos por el suelo. _____________ A la mañana siguiente, salgo del hotel y descubro que no hay nada abierto. Lo había olvidado: es viernes. Desayuno en una pastelería en la que todo lo que tienen sin exceso de azúcar se vende por kilos. Compro trescientos gramos de empalagosos churros de miel con una cantidad de calorías suficiente como para volver a atravesar el Sinaí de un tirón. Mientras me los zampo, algo me llama la atención. -Veo que ustedes no tienen el retrato del presidente Bachar... –le digo al propietario. No tenemos la foto, pero lo llevamos aquí –responde, respetuoso, con la mano sobre el corazón- Es nuestro presidente. Todos le queremos, como queremos a Hezbollah y al presidente de Líbano. Bush, en cambio, es malo, porque ayuda a Israel y mata a árabes. Similares argumentos usará esta noche el joven recepcionista del hotel cuando le encuentre mirando al desaparecido Hafez el Asad pronunciando un viejo discurso por televisión. -Pero si está muerto... –le diré a Rashid. Sí, pero en Siria queremos mucho a nuestro presidente. Sólo el diez por ciento de la gente le odia. -¿Y no existe un término medio entre amar y odiar? Sí, hay gente disconforme, pero están dentro del noventa por ciento que le votaron. Hafez hizo muchas cosas buenas, sobre todo en política exterior. -¿Y a tí te gusta como van las cosas? Bueno, hay mucha burocracia y me gustaría tener más libertad, aunque con Bachar los estudiantes pueden escoger qué estudian y hablar de política. Pero los cambios tienen que ser lentos. De lo contrario, podríamos tener una indigestión. Ten en cuenta que Siria es un país muy diverso. Damasco no es como las otras ciudades, y las ciudades son muy distintas de los pueblos de las montañas. La democracia no existe en ningún lado, además. Mira lo que sucede en América. -Soy europeo. Allí tenemos bastante margen para escoger a quien más nos gusta. Sí; lo sé. En Siria somos muy nacionalistas. Tomamos lo mejor de cada sistema y lo adaptamos a nuestra forma de ser –razonará el muchacho. Por encima de vivir en una dictadura, en Rashid prevalece el hecho de ser sirio, un orgullo que le lleva a repetir, casi palabra por palabra, los discursos oficiales. Me viene a la cabeza la expresión de Alí Bey al conocer lo ricos que eran los labradores damascenos a pesar de la cantidad de tributos que pagaban: "¡Cuánto (más) lo serían bajo un gobierno justo y liberal!". Cerca de la puerta occidental de la ciudad vieja hay un animado mercado de pájaros. En jaulas de madera amontonadas se exhiben jilgueros, canarios, perdices, gallos de crestas espectaculares o una bonita especie de plumas rojas. El producto estrella son las palomas, sin embargo, que se ofrecen por parejas. Hay hasta quince tipos distintos del ave símbolo de la paz, y no precisamente para comer, como yo suponía, según me ha dejado claro, con disgusto, un vendedor. Los pájaros dan vida a una casa y alegran las mañanas con su canto. Son un bien de dios, escaso en países calurosos como Siria. Con los zocos del casco antiguo cerrados, en las calles hay poca animación, Damasco pierde el que según todos los viajeros es su principal atractivo. Esta aglomeración urbana rodeada de desierto era el mercado de un territorio que abarcaba de Arabia a las orillas del Eufrates. Fue importante durante miles de años porque tenía comercio, y tenía comercio porque el milagro del río Barada alimentaba un fértil oasis donde de otro modo sólo hubiera existido arena. Alí Bey señala la "excesiva abundancia de víveres" que se encontraban en estos anchos valles situados a espaldas del anti-Líbano, las importantes caravanas de mercaderes que de aquí partían. La más multitudinaria era la de La Meca, que en 1807, el año de su visita, se suspendió a causa de la revuelta de los fanáticos y violentos wahabis, los inspiradores del islamismo radical actual. Pero testigos anteriores hablan de otras compuestas por veinte mil personas y diez mil animales. El séquito que se dirigía a Bagdad, el segundo destino en importancia, contaba con dos mil quinientos hombres armados, con lo que cabe suponer que el número de comerciantes y camellos a los que protegían era muy superior. Como en las ciudades medievales, como en Jerusalén, la población de Damasco se distribuye por la ciudad según sus creencias. Al hablar de fe no nos estamos refiriendo sólo a las convicciones religiosas del individuo. La fe es mucho más: condiciona todos los aspectos de la vida de una persona, desde la clase a la que perteneces, el trabajo o las amistades que tienes, la forma de vestir o el lugar donde vives. En el barrio cristiano las tiendas están abiertas y existen comercios en los que es ostensible la voluntad del propietario por gustar al occidental. En sus calles ves a hombres que fuman, una forma de vestir europea y mujeres con la melena al aire que bromean sacándose la lengua. "Joyeux Noël 1995", "Merry Christmas", desean dos pintadas desde un muro en el que también hay pegadas varias esquelas de difuntos. Damasco es una fabulosa mezcla de gentes. En ella viven sunnitas, el colectivo más numeroso, aunque también chiítas, a los que hace un rato he visto en la fantasiosa mezquita Sayyida Ruqayya, alauíes, drusos e ismaelíes, cristianos ortodoxos, católicos y protestantes, judíos, kurdos, armenios y turcomanos. En esta ciudad con siete mil años de historia la gente no pregunta a cada momento si crees en Jesucristo o en Mahoma. Está acostumbrada a la variedad y la respeta. Hasta aquí la visión positiva de la realidad. La negativa es bastante menos idílica. Como en la mayoría de ciudades árabes, el tú y el yo son conceptos muy definidos, cajas cerradas con poca interrelación entre ellas. Hay tolerancia y convivencia en el sentido más estricto de las palabras. Unos y otros viven juntos, luego, conviven y se toleran. Poco más. En la iglesia ortodoxa de Santa María, una veintena de curas rusos con sotanas fotografían las blancas paredes de la nave central. Y fuera, en la calle Recta, una ruidosa chiquillada del colegio franciscano se apresta a subir a unos desvencijados autobuses Scania, auténticas chatarrerías ambulantes de cuyo techo cuelgan flores y racimos de uva de plástico. En el barrio musulmán, busco la casa as-Siba'i. Pero nada hace suponer que en este callejón de muros desnudos, desprovistos de aperturas, haya una mansión señorial. -¿Beit as-Siba'i? -pregunto en el momento en el que una puerta se abre. Es aquí. Pase, por favor. Ya lo advertía Alí Bey: la belleza hay que buscarla en el interior. El mayordomo del palacete me enseña los patios interiores, el del harén y el de los hombres, las fuentes y un salón con decoración recargada. La luz penetra en las estancias a través de pequeños cristales verdes y rojos, y tanto las cuatro paredes de madera como el artesonado del techo están pintados de colores y plagados de incrustaciones de nácar. Se exhiben cabezas disecadas de leones, de guepardos y de jirafas, trofeos de caza obtenidos por un embajador alemán, uno de los últimos propietarios del edificio, en Africa y la India. Al caer la tarde, las calles adquieren un aspecto fantasmal. Han quedado desiertas, como si las autoridades hubieran decretado su evacuación por una alarma nuclear. Es un espectáculo ver cómo hasta catorce personas, más el conductor, se apretujan en el interior de una furgoneta y desaparecen, en dirección a los suburbios, con las puertas entreabiertas. Ahora mismo, la ciudad es casi para mi uso exclusivo. Sólo el Centro Cultural Francés sigue abierto. Es un edificio vanguardista, de radiantes paredes blancas y fachada acristalada, en el que incómodos sillones de cuero se combinan con obras de artistas galos contemporáneos. La chica de la mediateca calza unos zapatos de tacón de aguja que le deben haver costado su dinero, y tiene unos ojos luminosos en los que te podrías zambullir. -Monsieur: malheureusenent, Internet no acaba de funcionar –me anuncia con pesar. Desgraciadamente. Una vez más, Alí Bey, tengo que darte la razón cuando señalabas que "las mujeres de Damasco son lindas por lo general y las hay realmente hermosas: la mayor parte tienen el cutis blanco, fino y hermosos colores". |
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